Adrián Marcelo
Ferrero
Cierta vez entrevisté a la gran autora argentina Ana María Shua. Estábamos en el living su departamento, hablando a fondo de la ficción, invocando sus autores y autoras favoritos. Hasta que llegamos a un punto de nuestro diálogo en el que la interrogué sobre la escritura propiamente dicha, sobre el acto de escribir. ¿Es consciente? ¿tenemos alguna clase de gobierno sobre lo que estamos escribiendo o deseamos escribir? ¿la escritura brota irreflexivamente? Y ella sentenció: “Todo es deliberado y todo es involuntario”.
Esta dualidad del oficio de escribir me dejó pensando. ¿Hasta qué punto podemos ejercer un control sobre lo que estamos creando? ¿de dónde provienen esas imágenes, personajes, acciones o, más ampliamente, hablando de narradores, tramas e historias? La escritura nace de una zona inescrutable que seguramente nadie está en condiciones de definir más que muy vagamente. En ocasiones (vuelvo a la narrativa) se insinúa una imagen, una imagen plástica quiero decir, nos aferramos a ella, la dejamos crecer, damos rienda suelta a su discurrir y eso nos conduce hacia zonas cada vez de mayor certeza y también de mayor profundidad.

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