Yolanda Reyes
No importa si los adultos son
lectores compulsivos o si poco o nada leen. El hecho es que cuando tienen
hijos, se hacen las mismas preguntas: ¿Qué dar de leer a los niños? ¿Cómo
volverlos lectores? ¿Con cuál libro comenzar?
Se trata de preguntas aparentemente difíciles, pero ya lo dice el dicho: las apariencias engañan. Porque, en sentido profundo, la cuestión es más sencilla de lo que suele creerse. Yo me arriesgo a contestar que a los primeros lectores no les importan demasiado los títulos ni el orden de aparición. Lo que definitivamente sella la relación de un pequeño con la lectura es aquello que circula por debajo y que no está escrito en los renglones de un libro: la pareja adulto-niño, amarrada con palabras. La revelación de que ese libro cualquiera –sin páginas o con páginas– es una suerte de encantamiento que logra lo más importante en la infancia: la certeza de que, mientras dure la historia, papá o mamá no se irán.