Arnaldo Jiménez
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Foto Cortesía Correo Cultural |
Los
docentes que dentro de su aula imponen una pedagogía propia, la invención y la
imaginación los lleva a hacerles la vida más placentera a sus alumnos. He
conocido a algunos. Recuerdo que en la Universidad de Carabobo me tropecé con
uno de ellos, se llama Ramón Núñez. Un profesor que dejaba de lado el programa
y nos ponía a leer libros completos de excelente textura narrativa; un profesor
que no lo era, con una barba ceniza y escasa, larga y flaca como la contextura
corporal de él. Yo vivía asombrado con sus clases, siempre recordaré cuando se
le acercó a una muchacha muy bonita y sobando su barba le dijo: “señorita, ¿a
usted no le molesta de noche el ruido de las estrellas?”; yo me reí y me
interesé por ese modo de ver la clase como una conversación para detenerle el
mundo a los demás.
En
ese tiempo nos mandó a leer “Eros y civilización” de Hebert Marcuse. Devoré ese
libro como todos los de psicoanálisis que después cayeron en mis ojos, me
parecía algo revelador, me parecían verdades que