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lunes, 5 de octubre de 2026

La palabra amenazada

 Gabriel Saldivia



Nada saben de casas para quedarse allí, ensimismadas. Nada saben de fáciles frases ni de encierros en párrafos de vacuas definiciones. El viaje se hace su única morada de voces siempre renovadas. Las palabras están hechas de vidas que cambian y se hacen indóciles en el asombro mismo de su irreverencia. Ellas cuentan historias aún no develadas. No tienen asideros en cómodas gramáticas de pasiones muertas. Hasta la muerte habla en conjugaciones de sueños que devienen en imágenes trasmutadas cuando callan y dicen adiós en puertos de invocaciones. A veces, se alejan en brumosas balsas de insólitos silencios y se unen en la miel y la sal de sus orígenes. Tienen en sus enjambres abejas de sílabas, que unen segmentos de sensaciones deliberadamente olvidadas: trazos de rostros en retratos que ya pocos recuerdan; cartas inéditas escritas en papeles de anónimos destinatarios; poemas que esperan ser escritos en libretas de íntimas confesiones; historias de poblados silenciados en el mapa de los desterrados; plegarias desoídas ante el altar de la abuela que aún reza calladas oraciones. Oraciones que sólo escuchan santos atraídos por las abejas de la fe. Polen de palabras en la miel del aliento que nombra, dice y desdice, a veces, sin aciertos posibles, lo que vive en nosotros, los reacios a ser guardados en diccionarios de fosilizadas semánticas. También nosotros, como las palabras, nada sabemos de casas, para quedarnos allí, cómodamente ensimismados. La palabra recuerda, nombra y dice. Descubre caras ocultas en nieblas de tiempos remotos. Dice lo que permanece en el silencio inalterable de algún tiempo vivido. Cada palabra escrita o pronunciada en el instante que ya no vuelve, se hace huella inalterable, epitafio en el mármol que el roce sutil de la brisa revela a los ojos de algún viajero, otros parajes de la conciencia atenta y en vigilia. El encuentro se hace inevitable: la palabra cruza puentes hacia orillas desconocidas.