Gabriel Saldivia
Nada saben de casas para quedarse allí, ensimismadas. Nada saben de fáciles frases ni de encierros en párrafos de vacuas definiciones. El viaje se hace su única morada de voces siempre renovadas. Las palabras están hechas de vidas que cambian y se hacen indóciles en el asombro mismo de su irreverencia. Ellas cuentan historias aún no develadas. No tienen asideros en cómodas gramáticas de pasiones muertas. Hasta la muerte habla en conjugaciones de sueños que devienen en imágenes trasmutadas cuando callan y dicen adiós en puertos de invocaciones. A veces, se alejan en brumosas balsas de insólitos silencios y se unen en la miel y la sal de sus orígenes. Tienen en sus enjambres abejas de sílabas, que unen segmentos de sensaciones deliberadamente olvidadas: trazos de rostros en retratos que ya pocos recuerdan; cartas inéditas escritas en papeles de anónimos destinatarios; poemas que esperan ser escritos en libretas de íntimas confesiones; historias de poblados silenciados en el mapa de los desterrados; plegarias desoídas ante el altar de la abuela que aún reza calladas oraciones. Oraciones que sólo escuchan santos atraídos por las abejas de la fe. Polen de palabras en la miel del aliento que nombra, dice y desdice, a veces, sin aciertos posibles, lo que vive en nosotros, los reacios a ser guardados en diccionarios de fosilizadas semánticas. También nosotros, como las palabras, nada sabemos de casas, para quedarnos allí, cómodamente ensimismados. La palabra recuerda, nombra y dice. Descubre caras ocultas en nieblas de tiempos remotos. Dice lo que permanece en el silencio inalterable de algún tiempo vivido. Cada palabra escrita o pronunciada en el instante que ya no vuelve, se hace huella inalterable, epitafio en el mármol que el roce sutil de la brisa revela a los ojos de algún viajero, otros parajes de la conciencia atenta y en vigilia. El encuentro se hace inevitable: la palabra cruza puentes hacia orillas desconocidas.
Escribo estas palabras para
referirme al libro “La palabra amenazada” escrito por la poeta y
ensayista Ivonne Bordelois, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas,
2007. Este ensayo fue publicado en su primera edición por Editorial Libros del
Zorzal, Buenos Aires, 2003. Este interesante estudio contiene agudas y
profundas reflexiones sobre la lengua, el lenguaje, el habla y la palabra, como
un bien común que empleamos todos los días, no solamente para comunicarnos,
sino también como medio esencial a la hora de expresar sentimientos, ideas,
emociones, pensamientos, percepciones, sensaciones etc.; que, en la voz de los
hablantes, se enriquecen con los más variados matices y tonalidades, muy
propios y particulares, en cada persona que habla un idioma determinado.
Los contenidos de estas importantes
reflexiones fueron distribuidos de la siguiente manera: Violencia y lenguaje;
Eurídice: la no escuchada; El verbo y las tinieblas; El conflicto entre
lenguaje y cultura; Una estrategia ecológica; Nuestras raíces indoeuropeas; Lo
que saben las palabras; El sabor del saber; Lenguaje y humor; Infancia y
lenguaje; Lenguaje y escuela; Globalización y políticas culturales; Poesía y
lenguaje; Cuerpo de la palabra; Memoria digital y memoria poética; El lenguaje
como comunidad y amistad, entre otros.
Según nota de los editores, la
autora de este ensayo sostiene que el rescate de la palabra no es ya un
problema de crítica filosófica o de talento literario, sino el requerimiento de
una nueva conciencia ecológica, una alerta contra el embate de las fuerzas que
impiden nuestro contacto con ese lenguaje del que surgen la crítica, el júbilo,
la creatividad y el contacto más profundo con los otros y con nosotros mismos.
Asimismo, asevera esta investigadora y estudiosa que el idioma o la lengua, se
hace fuente inconsciente y solidaria de placer que brilla en el habla popular;
en los chistes entre amigos; en las nuevas canciones hermosas; en las
creaciones auténticas que surgen todos los días en el patio del colegio; en la
mesa familiar; en la charla de un grupo de adolescentes. Afirma Ivonne
Bordelois que el lenguaje es un amenazante peligro para la civilización
mercantilista, por su estructura única e indestructible, que ningún mercado
puede poner en jaque. Y más adelante agrega que, para sectores del poder
perentorio, dada la resistencia del lenguaje, se trata de volverlo invisible e
inaudible.
Ivonne Bordelois en La
palabra amenazada hace énfasis en todos los mecanismos violentos que
atentan contra el habla, la lengua o el lenguaje. Hace evidente en algunos
párrafos, cómo en nuestras sociedades contemporáneas, se niegan o no se
fomentan, medios o espacios que, de alguna manera, propicien la conversa, el
diálogo, la tertulia; como prácticas fundamentales en la vida social y cultural
de todo ser humano. Respecto a esto último nos dice que, en las páginas de este
libro, ha tratado de bosquejar una estrategia para el rescate de la palabra en
el mundo contemporáneo. Y en otras páginas de este ensayo agrega que, la
etimología, el diálogo de las lenguas, la observación de lo viviente en el
habla coloquial y en el lenguaje del humor y de la infancia son elementos
cruciales en este redescubrimiento. Asimismo, destaca el encuentro vital que
deberíamos tener con la poesía, tanto la de los poetas como la de los
involuntarios y anónimos creadores del lenguaje. Por otra parte, se refiere
también Bordelois a otra forma violenta que sufre la lengua, cuando se la
define exclusivamente como un medio de comunicación. Al respecto asevera que,
el lenguaje – en particular el poético – no es solo el medio, sino también el
fin de la comunicación.
A manera de establecer
vínculos o vasos comunicantes con otros textos, en los que se abordan o se
tratan los más prolíferos aspectos inherentes al lenguaje; inserta esta autora,
oportunas y puntuales citas de autores que, desde diversas opiniones,
reflexiones y perspectivas, se han referido a elementos sustanciales, y a su
vez, controversiales y polémicos, inherentes al lenguaje o a la palabra
manifiesta en el habla de la humanidad. De allí, que hoy podemos leer en una de
las páginas de su libro, el siguiente párrafo de uno de los grandes pensadores
del siglo XX, como lo es George Steiner:
Poseedor del habla, poseído
por ésta, cuando la palabra eligió la tosquedad y flaqueza de la condición
humana como morada de su propia vida imperiosa, la persona humana se liberó del
gran silencio de la materia.
La lectura de este ensayo por
Ivonne Bordelois nos invita o nos hace un llamado a defender la palabra, como
un bien común y gratuito que incluye, sin excepciones, a todos los hablantes.
Quedarnos sin palabras sería como sumergirnos en las aguas o en las tinieblas
de los aterradores silencios de la desolación. Perder el placer de hablar,
sería también, no asistir a la gran fiesta, donde brindan por la vida, la espiritualidad
festiva que hace posible el lúdico acontecer del diálogo, la tertulia y la
conversa.

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