Carmen
Pardo Salgado
«Escribir
es defender la soledad en que se está; es una acción que solo brota desde un
aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable.» De este modo
inicia el conocido texto de María Zambrano, «Por qué se escribe», publicado en
1934. El título no contiene signos de interrogación, pues se trata, de hecho,
de un texto afirmativo. La autora des grana el resultado de una interrogación
previa que ha sido practicada en la defensa de su soledad.
Para el lector, el inicio de ese texto ha pasado a ser el comienzo de este pequeño escrito que se va componiendo en otra soledad. La defensa de la soledad en estos tiempos no tiene los mismos contornos ni tampoco igual espesor que en 1934, pero su protección sigue siendo el requisito imprescindible para que la escritura sea posible.
Entrar
en soledad es dotarse del espacio y del tiempo que la escritura precisa. Este
espacio es una tierra desierta, sin pueblo ni público previo. Su tiempo está
vacío, dispuesto a acoger las múltiples tensiones que la experiencia de la
escritura engendra. Esta experiencia es la del encuentro con las palabras y los
silencios, sin urgencias, sin la irreversibilidad del tiempo de lo dicho. En
esta experiencia, el tiempo deja de ser la flecha que conduce,
irremisiblemente, en un solo sentido, y puede encontrar recovecos, morar en
lagunas o volverse del revés.
Entrar
en soledad es hacer de la escritura el lugar de con fluencia de las palabras y
de los silencios. Defender la soledad en la que se está es encontrar, cada vez,
un lugar de enunciación, de entonación, en el que las palabras y los silencios
articulan y desarticulan tanto lo escrito como la voz de aquel que escribe.
Desde ese aislamiento, otra escucha de las palabras y de los silencios se hace
posible. Cuando esa escucha adviene, se obedece al requerimiento que va
indicando el curso de lo que va a ser escrito. No es este un mandato infalible,
como lo fuera el dictado de las musas, pero es reconocible en lo escrito a modo
de un desdobla miento del oído en el que se siente el acuerdo, el acorde, entre
lo enunciado y su modo de enunciación, es decir, lo entonado.
Se
escribe aquello que solicita ser grafiado, esculpido, o cincelado en el papel.
Esa solicitud precisa, asimismo, de tiempo y de espacio; primero, para ser
reconocida como de interés por el escritor, después para proceder con cuidado y
respeto con lo solicitado. Es esta una tarea arriesgada, pues ese tiempo y
espacio de la escritura es también el tiempo y el espacio de la soledad del
escritor. El escritor escribe y se escribe, se transforma en y con la grafía
que va surgiendo en el papel. Manejar el cincel es una operación delicada, hay
que ahuecar, vaciar lo justo para que el relieve resultante sea el adecuado. El
ejercicio de la escritura pasa entonces por mantener el equilibrio entre lo que
debe ser desalojado o callado y lo que debe ser grafiado. Con los golpes sobre
el cincel se forja la escritura y la voz del escritor.
La
voz del escritor es la voz de una escritura que no está sometida a la urgencia
de lo que debe ser comunicado. La voz del escritor acepta distintos registros,
diferentes timbres y lugares de enunciación; es una voz mutante que abandona el
registro de la enunciación oral para aprender a entonar, otra vez, desde
lugares inusitados. En ese aprendizaje, la voz del escritor es modulada por las
escuchas de los lectores virtuales, por una comunidad de oyentes que
depositarán después su propia voz sobre la escritura ofrecida. Finalmente,
cuando el proceso ha terminado, la voz del escritor se confunde con la escritura
y se hace pública: sale a buscar otras escuchas, otras voces anónimas que dejan
de ser virtuales.
El
escritor desea que lo escrito encuentre una comunidad, un pueblo lector donde
el texto circule por espacios que no estén sometidos a la retórica de la
colectividad como unidad o unanimidad. El escritor anhela que el público, eso
que algunos llaman su público, sea una comunidad dispar que no pueda ser
reducida a una mera función expresiva de agrado o desagrado.
La
comunidad que lee recrea con su voz ese aislamiento comunicable al que se
refería Zambrano. En la lectura, su voz acompaña otra soledad en la que las
palabras y los silencios se articulan nuevamente, adquiriendo otros tonos,
buscando otras resonancias.
Escribir
y leer dan cuenta de la capacidad de la escritura para desencajar la palabra de
los lugares de enunciación convertidos en lugares de poder.
El
escrito se hace público para mostrar que otra distribución del valor de la
palabra y de los silencios es factible. El escrito deja escuchar que
en esa distribución se atisban otras formas de comprender, de imaginar, de
construir y de sentirse, individual y socialmente. Cuando las palabras, los
silencios, los ritmos y modulaciones de lo comunicable son reducidos a
consignas, escribir deja de ser solamente ese precioso lugar en el que se
defiende la soledad en la que se está y se convierte, además, en una acción
política. Escribir es entonces sentir la necesidad de recordarnos que las
palabras nos atraviesan, igual que los silencios, y que es preciso atender al
modo en que esto se lleva a cabo, pues, en ese trayecto, se gesta la forma en
que nos contamos individual mente y como pueblo, comunidad.
Escribir
es respetar ese contar

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