jueves, 10 de septiembre de 2026

Transcripción

 

Gerardo Herrera Corral


Para los teólogos españoles de antaño entender la «transmutación» era muy importante. En el libro Sueños misteriosos de la escritura en discursos sagrados, políticos, y morales, publicado en 1687 por Pedro Rodríguez de Monforte, capitán real y oficial de las juntas secretas de la Inquisición, decía que hay cuatro tipos de transformación:

La falsa que solo parece haber ocurrido sin que realmente suceda, la natural —como el nacimiento de los sátiros, esas criaturas perversas, híbridos de cabra y humano—, las sobrenaturales como cuando los hombres se convierten en bestias, y la mutación verdadera forjada por la divinidad sobre la substancia y esencia de las cosas.

La escritura es el resultado de una transmutación. Aparece siempre como el producto final del proceso en el que una cualidad se convierte en letras.

Más aun, la escritura es lo único, en el paisaje de las construcciones humanas, que puede resultar en cualquiera de los cuatro tipos de mutación. Lo que sí resulta peculiar de la escritura es que la transcripción de una condición espiritual acabe en un producto final que puede tomar todas las formas posibles aun cuando el punto de partida sea distinto para cada transfiguración.

Paul Auster decía en una entrevista que cuando era niño admiraba de manera especial a Willie Mays, jugador de beisbol que en sus tiempos fue un gran bateador derecho. Cuando Paul tenía ocho años lo tuvo cerca y no dudó en pedirle un autógrafo. Entonces el beisbolista accedió pidiéndole un lapicero. Paul Auster se dio cuenta en ese momento de que no tenía uno y rápidamente le pidió a su papá que se lo prestara, pero su papá tampoco tenía, ni su madre ni nadie de los que estaban cerca. Paul Auster le tuvo que decir a su héroe del beisbol que no tenía un lapicero. Entonces, el famoso jugador se retiró lamentándose y sin dejar el anhelado autógrafo. Esta es la manera como el pequeño Paul perdió la oportunidad de su vida. Disgustado, irritado y llorando ese día tomó la decisión de tener consigo, siempre, un lapicero en su bolsa. Paul Auster decía en la entrevista: «si llevas contigo un lapicero un día acabaras usándolo», y agregaba: «es una parábola de cómo llegué a ser escritor». Fue así como el revés de un fracaso inopinado se convirtió en letras y más tarde en libros.

En la batalla naval de Lepanto, Miguel de Cervantes salió herido de dos arcabuzazos. Uno en el pecho y otro en la mano que acabaría por dejarlo tullido. Esta tragedia no le ocasionó amargura, desaliento o pesadumbre; al contrario, Cervantes sintió orgullo por haber peleado en la batalla de la que se expresaría siempre en los mejores términos: «la más alta ocasión que vieron los siglos».

Miguel de Cervantes habría de reincorporarse al ejército y continuaría muy activo por años antes de que fuera capturado y encarcelado por los turcos que pensaban cobrar buena recompensa por su rescate.

En el prólogo de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Cervantes dice que escribió en la cárcel esta obra cumbre de la literatura, ahí «donde toda incomodidad tiene su asiento». Es conocido que de esa prisión Cervantes intentó escapar varias veces, siendo él mismo organizador de las fallidas estratagemas. No parecen ser la frustración, el encierro ni el sufrimiento las fuentes de inspiración para el más grande de las letras hispánicas. Fue quizá más bien una vida intensa y una reflexión profunda la que se transformó en una historia de locura que aún no terminamos de descifrar.

En el siglo XVII de Cervantes, en el nuestro de Paul Auster o en el que viene con tantos y más autores, la escritura es metamorfosis. No siempre parte de la misma materia prima ni llega al mismo resultado. De manera tal que no son el desasosiego, la tristeza o la alegría, sino a veces una y en ocasiones otra la que engendra una obra escrita.

Aflicciones, enfermedades y desamparos, entusiasmo, orgullo y regocijo pueden estar en el origen de la transformación aparente, la perversión de un híbrido monstruoso, la bestia despiadada en un texto o una divina conversión.

Es quizá en esta alquimia incomprensible que se encuentra la riqueza de la literatura. La manera como las palabras se van hilvanando para formar frases es un misterio inescrutable, una transformación a veces lenta y en ocasiones súbita.

Por mi parte, empecé a escribir ensayos de ciencia y reflexiones sueltas, y después escribí historias para lectores improbables. Empecé a escribir desde la soledad y el encierro cuando el futuro había desaparecido y el presente se había extraviado. Esta fue la circunstancia que dio el material para la alteración de forma y contenido en los primeros textos. El proceso de transformación que mitiga penas, aligera lastres y remedia males arrojó libros de divulgación y columnas en periódicos y revistas. La escritura en mi caso ha sido la motivación alquimista para deshacer el exilio voluntario y la lasitud de la vida. Escribo siempre buscando la concordancia perdida y el mundo distante. La escritura es una transmutación en busca de nuevos vínculos. Un cambio de la sustancia que puede ser el alivio a la decepción y el dolor cuando estos se convierten en el material de partida para un libreto que se aleja de sí mismo.

 

Referencias

—John Slater (editor) et al, Medical Cultures of the Early Modern Spanish Empire, 2014.

—Sueños misteriosos de la escritura en discursos sagrados, políticos, y morales, Sueño décimo, Discurso primero, publicado por Pedro Rodríguez de Monforte, 1687.

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