Gerardo
Herrera Corral
Para
los teólogos españoles de antaño entender la «transmutación» era muy
importante. En el libro Sueños misteriosos de la escritura en discursos
sagrados, políticos, y morales, publicado en 1687 por Pedro Rodríguez de
Monforte, capitán real y oficial de las juntas secretas de la Inquisición,
decía que hay cuatro tipos de transformación:
La falsa que solo parece haber ocurrido sin que realmente suceda, la natural —como el nacimiento de los sátiros, esas criaturas perversas, híbridos de cabra y humano—, las sobrenaturales como cuando los hombres se convierten en bestias, y la mutación verdadera forjada por la divinidad sobre la substancia y esencia de las cosas.
La
escritura es el resultado de una transmutación. Aparece siempre como el
producto final del proceso en el que una cualidad se convierte en letras.
Más
aun, la escritura es lo único, en el paisaje de las construcciones humanas, que
puede resultar en cualquiera de los cuatro tipos de mutación. Lo que sí resulta
peculiar de la escritura es que la transcripción de una condición espiritual acabe
en un producto final que puede tomar todas las formas posibles aun cuando el
punto de partida sea distinto para cada transfiguración.
Paul
Auster decía en una entrevista que cuando era niño admiraba de manera especial
a Willie Mays, jugador de beisbol que en sus tiempos fue un gran bateador
derecho. Cuando Paul tenía ocho años lo tuvo cerca y no dudó en pedirle un
autógrafo. Entonces el beisbolista accedió pidiéndole un lapicero. Paul Auster
se dio cuenta en ese momento de que no tenía uno y rápidamente le pidió a su
papá que se lo prestara, pero su papá tampoco tenía, ni su madre ni nadie de
los que estaban cerca. Paul Auster le tuvo que decir a su héroe del beisbol que
no tenía un lapicero. Entonces, el famoso jugador se retiró lamentándose y sin
dejar el anhelado autógrafo. Esta es la manera como el pequeño Paul perdió la
oportunidad de su vida. Disgustado, irritado y llorando ese día tomó la
decisión de tener consigo, siempre, un lapicero en su bolsa. Paul Auster decía
en la entrevista: «si llevas contigo un lapicero un día acabaras usándolo», y
agregaba: «es una parábola de cómo llegué a ser escritor». Fue así como el
revés de un fracaso inopinado se convirtió en letras y más tarde en libros.
En
la batalla naval de Lepanto, Miguel de Cervantes salió herido de dos
arcabuzazos. Uno en el pecho y otro en la mano que acabaría por dejarlo tullido.
Esta tragedia no le ocasionó amargura, desaliento o pesadumbre; al contrario,
Cervantes sintió orgullo por haber peleado en la batalla de la que se
expresaría siempre en los mejores términos: «la más alta ocasión que vieron los
siglos».
Miguel
de Cervantes habría de reincorporarse al ejército y continuaría muy activo por
años antes de que fuera capturado y encarcelado por los turcos que pensaban
cobrar buena recompensa por su rescate.
En
el prólogo de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Cervantes dice que
escribió en la cárcel esta obra cumbre de la literatura, ahí «donde toda
incomodidad tiene su asiento». Es conocido que de esa prisión Cervantes intentó
escapar varias veces, siendo él mismo organizador de las fallidas estratagemas.
No parecen ser la frustración, el encierro ni el sufrimiento las fuentes de
inspiración para el más grande de las letras hispánicas. Fue quizá más bien una
vida intensa y una reflexión profunda la que se transformó en una historia de
locura que aún no terminamos de descifrar.
En
el siglo XVII de Cervantes, en el nuestro de Paul Auster o en el que viene con
tantos y más autores, la escritura es metamorfosis. No siempre parte de la
misma materia prima ni llega al mismo resultado. De manera tal que no son el
desasosiego, la tristeza o la alegría, sino a veces una y en ocasiones otra la
que engendra una obra escrita.
Aflicciones,
enfermedades y desamparos, entusiasmo, orgullo y regocijo pueden estar en el
origen de la transformación aparente, la perversión de un híbrido monstruoso,
la bestia despiadada en un texto o una divina conversión.
Es
quizá en esta alquimia incomprensible que se encuentra la riqueza de la literatura.
La manera como las palabras se van hilvanando para formar frases es un misterio
inescrutable, una transformación a veces lenta y en ocasiones súbita.
Por
mi parte, empecé a escribir ensayos de ciencia y reflexiones sueltas, y después
escribí historias para lectores improbables. Empecé a escribir desde la soledad
y el encierro cuando el futuro había desaparecido y el presente se había
extraviado. Esta fue la circunstancia que dio el material para la alteración de
forma y contenido en los primeros textos. El proceso de transformación que
mitiga penas, aligera lastres y remedia males arrojó libros de divulgación y
columnas en periódicos y revistas. La escritura en mi caso ha sido la
motivación alquimista para deshacer el exilio voluntario y la lasitud de la
vida. Escribo siempre buscando la concordancia perdida y el mundo distante. La
escritura es una transmutación en busca de nuevos vínculos. Un cambio de la
sustancia que puede ser el alivio a la decepción y el dolor cuando estos se
convierten en el material de partida para un libreto que se aleja de sí mismo.
Referencias
—John
Slater (editor) et al, Medical Cultures of the Early Modern Spanish Empire,
2014.
—Sueños
misteriosos de la escritura en discursos sagrados, políticos, y morales, Sueño
décimo, Discurso primero, publicado por Pedro Rodríguez de Monforte, 1687.
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