Carlos
Silveyra
Texto
de la ponencia presentada por el autor en la mesa redonda "Los viajes en
los libros de la literatura infantil y juvenil", realizada dentro del
marco de las Jornadas para Docentes y Bibliotecarios "De viajes y
viajeros, a bordo de los libros" en la 14ª Feria del Libro Infantil y
Juvenil (Buenos Aires, julio de 2003).
Cuando
viajamos leemos el mundo que está fuera del espacio cotidiano. Cuando leemos
viajamos sin movernos del lugar. Viajamos en libro, como decía un eslogan. Y
leemos el mundo, como señaló Paulo Freire.
Leer y viajar son dos verbos que están estrechamente vinculados. Por lo menos para mí. Tuve una infancia donde algunos libros me permitieron evadirme de una dura realidad. Evasión con el sentido, tan usual hoy, de recreación pasajera, de abandono momentáneo, efímero, de situaciones desagradables, tal vez hasta para no enfrentar un estado de cosas asfixiantes, oprobiosas. Pero evasión, también, es el acto de aquel prisionero que, a fuerza de ingenio y paciencia, logra dejar atrás el represivo mundo de la celda y concreta su sueño de libertad.
Primero
fueron las guardas de un libro inglés. Los colores, el grosor del papel, esas
letras capitales que, sin dudas, iniciaban discursos importantes, por eso las
hacían así, grandes y con dibujitos y dorados y... Mi primer libro... ¡qué
orgullo! Tenía un libro, es decir, un bien tan pero tan escaso en mi casa.
Pero
después vinieron los años de guardapolvo blanco y de libros aburridos, libros
indefectiblemente para algo. Para aprender a leer o a ser bueno, para poder
encontrar los adjetivos o para tomar la primera comunión.
A
lo mejor por eso un día el libro dejó de tener páginas y dibujos. Llegó por la
radio: entre las cinco de la tarde y las seis y media pasaban Tarzán, ¡Uje,
Tantor!, con la mona Chita y la, sin dudas, bellísima Jane... y Tarzanito, ¡era
Oscar Robito!... y El Llanero Solitario ¡Jaio, Silver y otras sagas acompañadas
por algún cacao, no siempre por Toddy, porque era caro.
Y
la radio y el cine trajeron a las revistas de historietas, porque Pelopincho y
Cachirula u Ocalito y Tumbita eran chistes así de cortitos, que quedaban
aprisionados por la Revolución Francesa o por la publicidad de Casa Lamota,
donde se viste Carlota, en las páginas del Billiken de cada lunes. Porque...
¿qué clase de pescado sos que La Campagnola no te envasa?
Entonces,
decía, llegaron las historietas, las revistas mexicanas, con Roy Rogers, Batman
y Robin y Superman, con colores y no como aquel soso El Superhombre local. Y
así viajaba, sin moverme de la silla de la cocina, esa que tenían un asiento de
junco en cuatro paños que se juntaban en el medio haciendo un buen sustituto
del hoyo para mi bolita lechera.
Y
así viajaba, y era un héroe que salvaba a los buenos, a las personas comunes. Y
así evadía mi debilidad de niño. Y de niño sin mamá, pobrecito, como dice
Graciela Cabal. Y me juraba que algún día tendría un cinturón todo repleto de
balas de plata. Porque a los villanos-villanos había que matarlos con balas de
plata. A los de morondanga no. A esos con las comunes de plomo estaba bien...
Pero
cuando, en unos libros amarillos de lomos redondeados conocí al Tigre de la
Malasia supe que todo lo anterior había sido un simulacro, ir de un barrio a
otro; cabotaje, en el mejor de los casos. La Robin Hood... Voy a marcarme en la
parte de atrás cuáles tengo... Mompracem, en la India, un lugar que quedaba
lejísimos, si es que existía. Ahí estaban los tuareg, y la gente tenía cuerdas
de seda para ahorcar a los enemigos, esos ingleses que tenían un virrey. Esos
sí que existían porque nos habían sacado las Malvinas y yo ponía en el cuaderno
"Las Malvinas son argentinas" ahora que no se escribía más
"1950, Año del Libertador General San Martín", ni "Segundo Plan
Quinquenal". Y ahí estaba, peleando con todos, Sandokán, el Tigre de la
Malasia. Con Yañez y algún otro, de una fidelidad absoluta al jefe. Y, sobre
todo, estaba Mariana, la Perla de Labuán, que era la novia de Sandokán. Pero...
no por ahora, no, porque todavía soy un poco chico, pero después... ¡oh,
después! No debería sacarte la novia, Sandokán, porque tú eres bueno, como yo,
y luchas contra los malos. ¡Pero ella es tan rubia, tan bella...!¡Sus dientes
brillan como un collar de perlas! Tiene labios de carmín; ¿qué será eso de
carmín? Años después me enteraría de que "El amor es más fuerte...",
que en la vida hay más amigos que traicionan que en la literatura...
Era
un mundo de jarcias, de prahos y de miradas torvas; de espingardas, de babor y
de estribor, de "¡Oughttt!", "¡Por Júpiter!" y
"¡Morderás el polvo de la derrota, vil mercenario!"
Y
entonces llegó el único libro diferente a la escuela: trataba de una señora
buenísima y rubia como mi mamá: se llamaba La Razón de mi Vida. Pero a mitad de
año no hubo clases por dos días y nos dijeron que ese libro, ese libro que era
maravilloso hasta un mes antes de esos días sin clases, ese libro era una
porquería y había que tirarlo a la basura. ¿Cómo voy a tirar un libro a la
basura? No se puede... no se debe... Seguro que te vas al infierno de cabeza,
sin ni un ratito de purgatorio siquiera. ¿Cómo voy a tirarlo si tiene la foto
de Evita en la tapa, con el rodete de trenzas, de Evita la que organizaba los
campeonatos donde me enseñaron a jugar al ajedrez, de Evita..., si yo había ido
a la marcha de antorchas cuando se murió y hasta me agarré esa conjuntivitis
por el humo, seguro, como decía mi tía gorila. Si hasta después de muerta
enfermaba esa... Pero no era un libro de viajes. Ella regalaba máquinas de
coser a las señoras y bicicletas a los niños pobres... ¡qué lástima no ser un
poco más pobre para que me regalara una a mí! Yo no tenía bici y mi papá era
obrero metalúrgico, pero no era tan pero tan pobre. Además, escuchaba Radio
Colonia, donde después dijeron cosas del Tirano Prófugo y donde siempre había
más noticias para este boletín.
Yo,
como si nada, seguía juntando monedas para comprar esos libros amarillos (y el
corazón me latía fuerte cuando la veía a Delia, mi compañera de grado, con su
peinado "a la garçon"). Los pedía de regalo de cumpleaños. Y para
Reyes. Y Salgari empezó a mezclarse con Mark Twain, y con Jack London y con
Julio Verne y con Stevenson y con Roy Rockwood (Bomba, el niño de la selva
casi, casi, me gustaba más que Tarzán de los monos) y Fenimore Cooper y Arthur
Conan Doyle y Edmundo De Amicis (que vuelta a vuelta me hacía un nudo en la
garganta) y otros menos conocidos como Eros Nicola Siri o ese Swift, que tenía
nombre de picadillo de carne y, después, de salchicha...
Pero este mundo de viajes de papel estaba definitiva y totalmente divorciado de los libros de la escuela. Platero y yo, El sí de las niñas, Juvenilia ¡Tanto espamento por unos chicos que se afanaban unos melones (¿o eran sandías?) ¡No! ¿Para qué lo voy a comprar...? Lo saco de la Biblioteca Popular y listo. Pero vos dame la plata igual, que yo me compro varios policiales usados de Mister Reader...
Hasta
que empecé tercer año. Ahí tuve a un loco. ¿Cómo no va a ser loco un tipo que
nos da un libro de cuentos de un autor que todavía no se murió? Para colmo, el
primero de los cuentos es de una puta, y de la pieza del kilombo, ¿viste?, y en
el techo hay un agujero y ella, cuando tenía al tipo encima, veía un ojo que la
espiaba mientras fifaban... ¡Estar arriba de una mina! Hace como un año que
debuté y ni noticias de un bis.
¡Qué
rayado el profesor Gómez! Nos hacía leer y escribir cosas interesantes. Pero,
¿dónde se recibió este tipo? Y después de Setenta veces siete, de Dalmiro
Sáenz, vino La romana de Moravia, y Crónica de los pobres amantes y Rosaura a
las diez y uno de Bioy... Gracias, profesor Gómez. Vivo o muerto, gracias. Yo
soy aquel rubio flaquito, el del cuarto banco, del lado de la puerta..., de 3º
F. Sí... ese que se sentaba delante de Gutiérrez... Ese año viajé como loco por
el mundo de páginas numeradas. Desde entonces saqué abono.
Y
después otro loco, don Germán Orduna, que me hizo amar al Cid, y reír con el
Arcipreste de Hita y con El Conde Lucanor. Y llegaron las primeras escrituras,
tímidas, vacilantes, grandilocuentes, estereotipadas... todo lo que quieran,
pero viajeras.
Y
después la tierna y áspera poesía de Julio Huasi, ("El cañón cañonea en su
lugar, todo el Huasi era un cañón al asalto...") y Neruda, y Benedetti, y
Luis Franco y Tuñón y los españoles: Machado, Lorca, Blas de Otero, León
Felipe, Alberti, Miguel Hernández, Gabriel Celaya porque "La poesía es un
arma cargada de futuro..." y "Ya no puedes volver atrás…" en
aquellas Palabras para Julia.
Hasta
que llegaron los viajes físicos. Pasar una y otra vez por el frente de la casa
de Rimbaud sin atreverme a entrar. Comprar unos Gauloises sans filtre y
sentarme en el Café de Flore o en Deux Magots, en los sitios exactos donde se
sentaban a escribir Jean-Paul Sartre o Julio Cortázar, encender un cigarrillo,
pedir al parisino mozo de pollera negra: "Un café, si’l vous plait" y
mirar por la ventana para ver venir a La Maga o a los amantes de Continuidad de
los Parques, o a la náusea... Y al salir del metro, en Les Halles, cruzarme con
Margot Heminway, si la nieta de... Pero, decime… ¿dónde cuernos vivirá Jeanne
Moreau? ¿Y la Yourcenar? O ir a ver "el huerto claro donde florece el
limonero..." tan Machado, tan Sevilla, tan sencillo y tan rotundo, don
Antonio... Vea, allá, el cartel pone La Posada del Laurel, ¿Lope de Vega?...
Y
siguió la escritura, perezosa de a ratos, tumultuosa, en otros. Y una novela,
donde un inventor argentino hace un viaje, con un vehículo inventado por él.
Con una escala en las Galápagos, un viaje pendiente, donde consigue amor, y una
llegada a una húmeda y caliente Singapur, llena de orquídeas que me habían
fascinado unos años antes, de camino a Tokio.
Y
la vida, los hijos, pronto según parece, los nietos; el dinero que va y viene;
los trabajos, todos mal pagos, hubiera agregado Carlos de la Púa. "Nunca
tendrás un macho que por vos se haga chorro". Los libros que se quedan con
uno, como las fotos de un viaje.
Leer
para viajar, viajar para leer, leer de viajes, viajar de lecturas, viajar con
libros. Leerse viajando.
Arrojarme
a los brazos acogedores de un libro abierto y emprender con él, mediante él y,
a veces, a pesar de él, un viaje sorprendente, inesperado, asombroso,
imprevisible. Único e irrepetible. Viajar por todos lados y por todas las
épocas sin sentirme extranjero. Viajar en libro. Y librar el viaje.
Cortesía
Imaginaria
https://imaginaria.com.ar/11/5/silveyra5.htm


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