Adrián Marcelo
Ferrero
Cierta vez entrevisté a la gran autora argentina Ana María Shua. Estábamos en el living su departamento, hablando a fondo de la ficción, invocando sus autores y autoras favoritos. Hasta que llegamos a un punto de nuestro diálogo en el que la interrogué sobre la escritura propiamente dicha, sobre el acto de escribir. ¿Es consciente? ¿tenemos alguna clase de gobierno sobre lo que estamos escribiendo o deseamos escribir? ¿la escritura brota irreflexivamente? Y ella sentenció: “Todo es deliberado y todo es involuntario”.
Esta dualidad del oficio de escribir me dejó pensando. ¿Hasta qué punto podemos ejercer un control sobre lo que estamos creando? ¿de dónde provienen esas imágenes, personajes, acciones o, más ampliamente, hablando de narradores, tramas e historias? La escritura nace de una zona inescrutable que seguramente nadie está en condiciones de definir más que muy vagamente. En ocasiones (vuelvo a la narrativa) se insinúa una imagen, una imagen plástica quiero decir, nos aferramos a ella, la dejamos crecer, damos rienda suelta a su discurrir y eso nos conduce hacia zonas cada vez de mayor certeza y también de mayor profundidad.
Vamos pisando sobre seguro. Claro que en la escritura nadie pisa sobre seguro de forma definitiva. Podemos, sí, afirmarnos en algunas certezas que nos sirven como orientadoras de lo que vamos escribiendo. Surge el contorno cierto de algunos personajes. Los podemos ver, los podemos presenciar en el territorio o el pequeño mundo en el que se mueven. Pero el panorama no deja de ser incierto.Hay cuentos, como decía Cortázar, que uno escribe como sacándose de encima
a una alimaña. Y hay otros cuentos que vamos descubriendo en la andadura de la
escritura. Lentamente. Sacando capa tras capa de ese misterioso hojaldre. Un
final puede mantenernos en vilo durante la escritura, no tenemos en claro hacia
dónde nos dirigimos. Pero de pronto una luz se ilumina, vemos claro lo confuso,
vemos con contornos lo difuso, y damos con la clausura perfecta para ese cuento
que tanto nos había inquietado. Escribir y no saber para dónde vamos es cierto
que puede concluir con rotundos fracasos. Cuentos que son eliminados o son
arrojados al cubo de la basura que tanto prometían en un comienzo.
La literatura ha crecido mucho en tantos siglos de desarrollo. Y los
creadores y creadoras han desplegado toda una serie de concepciones del cuento
con variantes tan dispares que pueden ser hasta antagónicas. En todos esos
casos un cuento es admisible como tal para los lectores. Sabemos que el cuento
convencional dispone por lo general de un remate a la luz del cual toda la
narración se resignifica. El cuento logra su alcance más perfecto cuando
termina su lectura que suele cambiar las expectativas y presentarnos un estado
de cosas a la luz del cual ya nada será lo que antes de ese final parecía. Lo
que eran indicios vagamos se transforman en señales claras y lo que en un
principio tenía aspecto anodino ahora cobra un vigor inusitado. Conocidos son
los cuentos de Edgar Allan Poe, varios de Borges, los arriba citados de
Cortázar. Pero también recordemos la gran lección de los autores y autoras de
final abierto. En el cual las últimas líneas no son resolutivas sino que dejan
en un inquietante suspenso el cierre de la narración. Si el cuento con remate
confería de una coherencia interna notable a la trama, el final abierto nos
siembra de preguntas, nos sume en un mar de incógnitas, permanece en
suspensión.
Hoy en día uno percibe tendencias. Hay autores y autoras más clásicos, que
optan por formas más o menos conocidas de la estructura del relato. Pero
también hay otros u otras que se resisten a cultivar la variante tradicional de
introducción, nudo y desenlace y exploran formas nuevas. Ellos no pretenden que
un cuento termine. Sino que permanezca postulando a cambio significados
abiertos.
Cuanto más abierto es el final mayor es nuestro desconcierto. Y quedemos sumergidos
en una incredulidad que nos paraliza pero a la vez nos hace romper con las
formas más previsibles.
Hay que saber tolerar la incertidumbre de un final abierto. No nos aguarda
un desenlace presumible. Sino que la trama se experimenta desde la no
resolución. Que también es una forma de resolución.
Otra. Distinta de la convencional. Hay que aprender a tolerar esa incertidumbre
porque hay que aprender a no pedirle a la literatura tramas tan lineales al
punto de volverse estereotipos. Raymond Carver fue un maestro del relato breve.
En sus historias el cuento llega a su punto culminante en el que podemos estar
pendientes de una resolución pero él nos despista suspendiendo la narración en
un momento en el que las expectativas aguardaban que algo trascendente
sucediera y que ese cuento cerrara para siempre en un remate inmortal. Pues no.
La apertura de los finales puede que desconcierte. Pero cuando nos
familiarizamos con varios de ellos, la lectura los acepta. Y se rinde a sus
encantos de ambigüedad irresoluta. Esa vacilación del cuento con final abierto
genera desasosiego: no hay a qué seguridad aferrarse más que a la de una serie
de acontecimientos que plantean una libertad subjetiva a la hora de la
interpretación que efectivamente desasosiega.
Hay finales que se anuncian desde la primera línea. Y aún así el cuento no
pierde su vértigo y su suspenso. Estamos atentos a conocer cómo será ese
desenlace que el autor o la autora nos adelantan. Me refiero por supuesto a Crónica de una muerte anunciada del
Premio Nobel Gabriel García Márquez.
Pienso que el encanto de los finales no consiste tanto en si son abiertos, cerrados, anunciados, sino en la calidad de la escritura literaria, la prosa precisa, incisiva, afilada como escalpelo. Esa prosa que nos abre a un universo que no esperábamos porque precisamente logra narrarlo de un modo inédito. Y sobre todo: nos internamos en la ficción como si fuera la mismísima realidad. De tal modo nos capturan las palabras hábilmente dispuestas sobre el papel. La descripción de los personajes, su habla, sus parlamentos, sus movimientos, sus tics, un narrador que puede cambiar a lo largo de todo el relato (de primera a tercera y de allí a un plural) y ello rompe con toda la homogeneidad que se venía anunciando en los primeros renglones. La literatura sorprende, rompe con toda expectativa cierta.
No temamos explorar cuando escribimos. Tal vez no seamos comprendidos en un
comienzo, porque esas formas nuevas no responden a un estereotipo o a una
fórmula. Pero la literatura debe poder avanzar, debe poder progresar. Y eso se
conquista a costa de investigar nuevas formas. Formas que tal vez en un
comienzo dejen perpleja a la gente, pero que lentamente, libro a libro, cuento
a cuento, sembrarán la huella de una poética (la nuestra) en la cual estamos
llamados a innovar.
Estos son los pasos que hacen avanzar, progresar al arte literario. Por eso
me parece fundamental la lectura de autores y autoras todos diversos, con poéticas
que incluso no se parecen en nada, de distintos tiempos y latitudes. Lentamente
iremos teniendo nuestra propia familia de autores y autoras, nuestros referentes, esos que nos
permiten sentirnos parte de un conjunto mayor, de una casa. Eso no significa
copiar. Sino que con el paso de los años nos encontraremos con autores y
autoras que nos seducen, que nos conquistan, que nos hacen temblar de emoción
con sus ficciones.
No les voy a mentir. No se trata de cuestiones que resuelva un principiante.
El camino es largo, la ruta también ofrece obstáculos, al oficio de escribir, el
tiempo con el que contamos, la posibilidad de publicar o de dar a conocer
nuestras producciones creativas.
Te propongo encontrar tu familia. Una familia adoptiva que te llevará
tiempo conocer a fondo, estudiar sus recursos, sus secretos, sus trucos, pero
una vez que logremos rodearnos de escritores y escritoras con los que nos
sintamos cómodos, felices de compartir siquiera alguna de sus premisas,
regocijarnos en su escritura, disfrutar de su pulso, nos embarcaremos en un
camino de aprendizaje fundamental para cualquier escritor o escritora. Un
camino literario que se camina como la vida. Habrá momentos de poca inspiración,
de desaliento o incluso de silencio. Pero uno termina por aceptar esos límites
como lo que son: parte del juego libre de creer, de crecer y de crear.


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