viernes, 31 de julio de 2026

Una familia literaria: adoptar a los ancestros

 

Adrián Marcelo Ferrero


Cierta vez entrevisté a la gran autora argentina Ana María Shua. Estábamos en el living su departamento, hablando a fondo de la ficción, invocando sus autores y autoras favoritos. Hasta que llegamos a un punto de nuestro diálogo en el que la interrogué sobre la escritura propiamente dicha, sobre el acto de escribir. ¿Es consciente? ¿tenemos alguna clase de gobierno sobre lo que estamos escribiendo o deseamos escribir? ¿la escritura brota irreflexivamente? Y ella sentenció: “Todo es deliberado y todo es involuntario”.

Esta dualidad del oficio de escribir me dejó pensando. ¿Hasta qué punto podemos ejercer un control sobre lo que estamos creando? ¿de dónde provienen esas imágenes, personajes, acciones o, más ampliamente, hablando de narradores, tramas e historias? La escritura nace de una zona inescrutable que seguramente nadie está en condiciones de definir más que muy vagamente. En ocasiones (vuelvo a la narrativa) se insinúa una imagen, una imagen plástica quiero decir, nos aferramos a ella, la dejamos crecer, damos rienda suelta a su discurrir y eso nos conduce hacia zonas cada vez de mayor certeza y también de mayor profundidad.

Vamos pisando sobre seguro. Claro que en la escritura nadie pisa sobre seguro de forma definitiva. Podemos, sí, afirmarnos en algunas certezas que nos sirven como orientadoras de lo que vamos escribiendo. Surge el contorno cierto de algunos personajes. Los podemos ver, los podemos presenciar en el territorio o el pequeño mundo en el que se mueven. Pero el panorama no deja de ser incierto.

Hay cuentos, como decía Cortázar, que uno escribe como sacándose de encima a una alimaña. Y hay otros cuentos que vamos descubriendo en la andadura de la escritura. Lentamente. Sacando capa tras capa de ese misterioso hojaldre. Un final puede mantenernos en vilo durante la escritura, no tenemos en claro hacia dónde nos dirigimos. Pero de pronto una luz se ilumina, vemos claro lo confuso, vemos con contornos lo difuso, y damos con la clausura perfecta para ese cuento que tanto nos había inquietado. Escribir y no saber para dónde vamos es cierto que puede concluir con rotundos fracasos. Cuentos que son eliminados o son arrojados al cubo de la basura que tanto prometían en un comienzo.

La literatura ha crecido mucho en tantos siglos de desarrollo. Y los creadores y creadoras han desplegado toda una serie de concepciones del cuento con variantes tan dispares que pueden ser hasta antagónicas. En todos esos casos un cuento es admisible como tal para los lectores. Sabemos que el cuento convencional dispone por lo general de un remate a la luz del cual toda la narración se resignifica. El cuento logra su alcance más perfecto cuando termina su lectura que suele cambiar las expectativas y presentarnos un estado de cosas a la luz del cual ya nada será lo que antes de ese final parecía. Lo que eran indicios vagamos se transforman en señales claras y lo que en un principio tenía aspecto anodino ahora cobra un vigor inusitado. Conocidos son los cuentos de Edgar Allan Poe, varios de Borges, los arriba citados de Cortázar. Pero también recordemos la gran lección de los autores y autoras de final abierto. En el cual las últimas líneas no son resolutivas sino que dejan en un inquietante suspenso el cierre de la narración. Si el cuento con remate confería de una coherencia interna notable a la trama, el final abierto nos siembra de preguntas, nos sume en un mar de incógnitas, permanece en suspensión.

Hoy en día uno percibe tendencias. Hay autores y autoras más clásicos, que optan por formas más o menos conocidas de la estructura del relato. Pero también hay otros u otras que se resisten a cultivar la variante tradicional de introducción, nudo y desenlace y exploran formas nuevas. Ellos no pretenden que un cuento termine. Sino que permanezca postulando a cambio significados abiertos.

Cuanto más abierto es el final mayor es nuestro desconcierto. Y quedemos sumergidos en una incredulidad que nos paraliza pero a la vez nos hace romper con las formas más previsibles.

Hay que saber tolerar la incertidumbre de un final abierto. No nos aguarda un desenlace presumible. Sino que la trama se experimenta desde la no resolución.  Que también es una forma de resolución. Otra. Distinta de la convencional. Hay que aprender a tolerar esa incertidumbre porque hay que aprender a no pedirle a la literatura tramas tan lineales al punto de volverse estereotipos. Raymond Carver fue un maestro del relato breve. En sus historias el cuento llega a su punto culminante en el que podemos estar pendientes de una resolución pero él nos despista suspendiendo la narración en un momento en el que las expectativas aguardaban que algo trascendente sucediera y que ese cuento cerrara para siempre en un remate inmortal. Pues no. La apertura de los finales puede que desconcierte. Pero cuando nos familiarizamos con varios de ellos, la lectura los acepta. Y se rinde a sus encantos de ambigüedad irresoluta. Esa vacilación del cuento con final abierto genera desasosiego: no hay a qué seguridad aferrarse más que a la de una serie de acontecimientos que plantean una libertad subjetiva a la hora de la interpretación que efectivamente desasosiega.

Hay finales que se anuncian desde la primera línea. Y aún así el cuento no pierde su vértigo y su suspenso. Estamos atentos a conocer cómo será ese desenlace que el autor o la autora nos adelantan. Me refiero por supuesto a Crónica de una muerte anunciada del Premio Nobel Gabriel García Márquez.  


Pienso que el encanto de los finales no consiste tanto en si son abiertos, cerrados, anunciados, sino en la calidad de la escritura literaria, la prosa precisa, incisiva, afilada como escalpelo. Esa prosa que nos abre a un universo que no esperábamos porque precisamente logra narrarlo de un modo inédito. Y sobre todo: nos internamos en la ficción como si fuera la mismísima realidad. De tal modo nos capturan las palabras hábilmente dispuestas sobre el papel. La descripción de los personajes, su habla, sus parlamentos, sus movimientos, sus tics, un narrador que puede cambiar a lo largo de todo el relato (de primera a tercera y de allí a un plural) y ello rompe con toda la homogeneidad que se venía anunciando en los primeros renglones. La literatura sorprende, rompe con toda expectativa cierta.

No temamos explorar cuando escribimos. Tal vez no seamos comprendidos en un comienzo, porque esas formas nuevas no responden a un estereotipo o a una fórmula. Pero la literatura debe poder avanzar, debe poder progresar. Y eso se conquista a costa de investigar nuevas formas. Formas que tal vez en un comienzo dejen perpleja a la gente, pero que lentamente, libro a libro, cuento a cuento, sembrarán la huella de una poética (la nuestra) en la cual estamos llamados a innovar.

Estos son los pasos que hacen avanzar, progresar al arte literario. Por eso me parece fundamental la lectura de autores y autoras todos diversos, con poéticas que incluso no se parecen en nada, de distintos tiempos y latitudes. Lentamente iremos teniendo nuestra propia familia de autores  y autoras, nuestros referentes, esos que nos permiten sentirnos parte de un conjunto mayor, de una casa. Eso no significa copiar. Sino que con el paso de los años nos encontraremos con autores y autoras que nos seducen, que nos conquistan, que nos hacen temblar de emoción con sus ficciones.

No les voy a mentir. No se trata de cuestiones que resuelva un principiante. El camino es largo, la ruta también ofrece obstáculos, al oficio de escribir, el tiempo con el que contamos, la posibilidad de publicar o de dar a conocer nuestras producciones creativas.

Te propongo encontrar tu familia. Una familia adoptiva que te llevará tiempo conocer a fondo, estudiar sus recursos, sus secretos, sus trucos, pero una vez que logremos rodearnos de escritores y escritoras con los que nos sintamos cómodos, felices de compartir siquiera alguna de sus premisas, regocijarnos en su escritura, disfrutar de su pulso, nos embarcaremos en un camino de aprendizaje fundamental para cualquier escritor o escritora. Un camino literario que se camina como la vida. Habrá momentos de poca inspiración, de desaliento o incluso de silencio. Pero uno termina por aceptar esos límites como lo que son: parte del juego libre de creer, de crecer y de crear.

 

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