Gabriel Jiménez Emán
Si uno se asoma a una ventana para mirar a la calle en un momento corriente, la vida no es de ningún modo sucesiva, sólo se ven fragmentos de ella. No existe a primera vista una causalidad en los movimientos de las personas como no sean los que corresponden a la necesidad inmediata de ir, venir, salir o entrar, acostarse o levantarse. Los sonidos sólo son signos a distancia, y los desplazamientos del aire o la luz sólo sirven para revelarnos un aspecto puramente físico de la vida, un síntoma aparente de cuanto sucede. En cambio, si escuchamos lo que la gente dice o expresa comenzamos a percatarnos de que sus movimientos obedecen a una necesidad más profunda: la de comunicarse. Este hecho simple puede muy bien servir para iniciar el acto de cumplir una necesidad elemental, o bien puede ser un paso para afianzar algo que existe o vendrá, y puede contener en sí otros fragmentos que a su vez harán posible algo llamado cuento o historia.
Cuando
una historia comienza, todos estos fragmentos se disponen a construir un
suceso, y cuando este suceso adquiere peso específico en la vida de cada quien,
entonces es posible que cada quien esté protagonizando un instante
trascendental sin siquiera advertirlo. Y es posible también que un semejante nuestro
esté observando este momento y que haya seguido sus pistas con el objeto de
presentarlo a los ojos de los demás. Este observador de la vida de los otros
que insiste en encontrar los hilos de las historias ajenas para ofrecerlas o
plasmarlas, tiene un nombre: se llama el narrador.
El
narrador emplea los instantes de su propia vida en describir los movimientos,
los estados de ánimo y las razones individuales y colectivas de sus semejantes,
el espacio y el tiempo donde se mueven, sus certezas y dudas, sus expectativas
y te-mores. Puede describir un paisaje o entorno y su forma física, todo
aquello que conlleve la comprensión de los hombres con el fin de extraer de
ello una constatación del ser tanto en su forma sensible como mental. Es una
tarea ambiciosa, pero la naturaleza de esa ambición sólo lleva una voluntad: la
de comprender. Para un narrador, comprender no es someter al análisis intelectivo
los actos o comportamientos de otros, sino más bien sugerir cuales son las vías
de penetrar el mundo de las personas sin necesidad de hacerlas partícipes
obligadas de su particular modo de pensar. La tarea del narrador no es, pues,
la de convencernos a todo trance de una determinada ideología, sino la de
presentarnos los hechos a través del poder de las palabras para que podamos
extraer de cada historia las conclusiones sensibles, sociales, filosóficas o
morales que deseemos o podamos. Por eso, su poder de convicción no reside en su
manera personal de pensar, sino en la de plasmar los hechos de un modo tan
efectivo como imparcial. Por ello quizá se ha dicho que un narrador no debe
hacer tesis políticas o sociales ni demostrarnos qué partido toma, pues su obra
va dirigida a todo un contingente, a un público desconocido compuesto por las
más diversas capas sociales e intereses. André Gide fue más allá; dijo que las
buenas intenciones no bastaban para elaborar una obra válida. Por otra parte,
no existe algo más tedioso que una novela filosófica, empeñada en hacernos ver
cuán profundas son las convicciones del novelista y en qué medida éstas van a
contribuir con el desarrollo de la sociedad o con el destino de un país. Que es
precisamente por dónde una novela puede convertirse en un instrumento de propaganda.
Y la propaganda, venga de donde venga, significa la manipulación de la
conciencia.
Pero
nada de esto significa que el narrador esté desentendido de su contexto humano;
antes bien, debe sacrificar sus convicciones personales para hacer la pintura
de un tiempo o época —que no necesariamente deben ser las suyas— y recoger su
material narrativo de la experiencia directa con la realidad o bien extraerlo
de otra época, de otros libros o referencia históricas, para ofrecerla a su
tiempo. Y aún en el momento de escribir sobre personajes y épocas que no son
los suyos el narrador debe tomar distancia, no debe tener ideas preconcebidas
ni manejar argumentos apriorísticos que pudiesen afectar su discurso literario.
Pienso, por ejemplo, en un gran escritor alemán, Robert Musil, autor de una
novela breve y hermosa, Las tribulaciones del estudiante Torless, llena
de gran frescura y vitalidad, pero también autor de El hombre sin atributos,
obra ambiciosa, muy extensa, paradigma de la novela-ensayo, llena de ideas y
reflexiones, una novela en forma de tractatus, por momentos inextricable.
La
mirada compleja de un narrador funciona más o menos así: observa o lee un
suceso que le parece interesante; toma nota de él y luego lo desarrolla; en su
desarrollo el narrador le agrega algo o se lo quita, es decir, falsea
parcialmente el hecho, modifica caracteres de los personajes o el medio, cambia
algún nombre o lo presenta con cierta alteración: es ya un hecho ficticio, pero
con un referente muy preciso. El personaje o el espacio se han convertido en
datos literarios, pero éstos tienen el don de asumir otros niveles de
significancia en la conciencia del lector, con lo cual el personaje deja de ser
anodino para representar un rol social más amplio. La historia privada de un
personaje se convierte en historia colectiva y sus sentimientos íntimos pasan a
ser conocidos por muchos. Este difícil límite entre lo concreto y lo imaginativo
es el verdadero reto del narrador: puede nutrirse de acciones y personajes
reales, pero a partir de ellos debe hacer una obra de ficción.
El
concepto de ficción en este caso funciona como una especie de filtro o tamiz a
través del cual pasan las experiencias y que el escritor aborda con su estilo,
su punto de vista, su lenguaje, o sus aportes técnicos de estructuración de la
obra. El narrador no está haciendo una fotografía, una traducción literal de lo
visible, sino transformando los hechos de esa manera sensible que llamamos arte
literario. Vulgarmente, se identifica arte literario con una forma
«exquisita» o «superior» de expresarse, cuando en realidad éste no es sino el
modo de interpretar la realidad con los materiales culturales disponibles. Y
todas las tendencias están involucradas en esta voluntad de interpretar la realidad:
realismo, naturalismo o verismo, fantasía, textualismo, existencialismo.
Pero
esta interpretación está a menudo reñida con la versión que el poder político
tiene de la realidad. Y en esto reside el reto social del narrador con respecto
al discurso del poder: mientras el discurso político encubre, el discurso
narrativo descubre, mientras aquel oculta este revela. La tarea de los
novelistas, por ejemplo, ha sido la de ir contracorriente, no la de hacer
apologías ni la de consagrar valores impuestos desde el poder político. La tarea
de un novelista no debe estar condicionada por el análisis económico, político
o sociológico sino construir su visión sin dejarse influenciar por opiniones de
turno ni por modas imperantes. La del narrador es siempre una visión crítica
del entorno social, por cuanto revela las preocupaciones íntimas y secretas de
los personajes, investiga en lo que verdaderamente sienten o piensan, pero de
un modo dinámico, dialéctico, nunca estacionario o monolítico. Es muy difícil
que un escritor se proponga el proyecto de una novela para congraciarse con su
medio; por el contrario, su escritura ofrece una resistencia.
Ahora
bien, la palabra «resistencia», políticamente hablando lleva una connotación de
guerrilla, de atrincheramiento, de oposición a cierto régimen, de contienda
social. Hay toda una tradición moderna de la novela de entreguerras en Europa,
en Norte y Latinoamérica que ha producido no pocas obras de importancia
—piénsese nada más que en algunas obras de Remarke, Hemingway o Céline— pero en
un sentido genérico la tarea del narrador es la de resistir siempre desde la
trinchera de sus concepciones éticas, ya sean éstas de índole muy personal o
estén ligadas a una concepción estética determinada.
El
antihéroe, el outsider crea un prototipo en la novela moderna que
arranca desde el Quijote de Cervantes y llega hasta los novelistas actuales. La
palabra «outsider» es particularmente sugerente: designa en inglés al que está
al margen —no equivale en español a marginado ni mucho menos a marginal—
es quien está a un lado, fuera del juego social de las convenciones, al cual
resiste teniendo en alto sus convicciones, sin canjearlas o negociarlas.
Justamente desde ella puede construir una visión sensible, humana y
trascendente para ofrecerla al futuro sin los visos del análisis sintomático.
Un buen relato, una historia bien escrita, puede ser la cristalización eficaz y
contundente de una época que quiere ir más allá del testimonio, de rehacerlo con
la intención de tejer historias sucesivas en una historia común, contentiva
ella misma de todas las contradicciones y realizaciones que los hombres han ido
imprimiéndole.
Si
en una noche corriente uno se asoma solitario a una ventana, la realidad suele
ser fragmentaria; sólo la certeza de que allá afuera hay unos cuantos amigos es
lo único que nos la vuelve unitaria, nos da un sentido al hecho de pertenecer a
ella. Lo mismo podría ocurrir con las historias y los relatos: aquellos que nos
las narran son los mejores portavoces de este patrimonio cambiante y permanente
que hemos llamado mundo, y a la expresión de éste en toda su posibilidad
creadora, que hemos llamado vida. Porque la vida es la única sustancia que al
ir ofreciéndole consistencia al mundo también le otorga un sentido a nuestra
muerte.
1988

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