José Gregorio González Márquez
Carlos Augusto LeónA comienzos del año 1992, estuve en casa del poeta venezolano
Carlos Augusto León. Un sábado por la tarde lo visité con la encomienda
expresa de mi amiga Débora Matheus Bencomo: entregarle un libro que ella
enviaba desde Mérida. Rumores terrenales acababa de salir de la imprenta
y la poeta se sentía feliz de hacérselo llegar. Entre ellos existía cierto
grado de filiación, pues el poeta estaba casado con Lupe Bencomo de León, prima
de Débora.
Encontrar la quinta en Los Chorros resultó
sumamente difícil. Al parecer, la nomenclatura de las calles tiende a confundir
a quienes no conocen la zona. Caminé bastante; di vueltas buscando la calle y
no la encontraba, a pesar de que el propio poeta me había explicado por
teléfono cómo llegar.
Pasé media tarde intentando dar con el sitio. Todo parecía confabularse contra mis intenciones, pues recorrí casi toda la urbanización y nada que conseguía la dirección. Finalmente, pedí información a unos patrulleros de la Policía de Chacao; para mi fortuna, ellos conocían la casa del poeta y me llevaron hasta allí.
Un poco temeroso, me acerqué a la puerta. El poeta
Carlos Augusto y su esposa Lupe me esperaban. Una sonrisa amistosa y un
estrecho abrazo fortalecieron el encuentro. A partir de ese momento, el tiempo
se desvaneció y una agradable conversación nos mantuvo ocupados el resto de la
tarde.
Conversar con Carlos Augusto resultó espléndido. Un
sinfín de anécdotas de su vida acompañó la disertación del poeta. Me sentí
abrumado por tanta información y por el cariño que mostró desde el comienzo;
una charla informal que deshizo, poco a poco, los rasgos de timidez que me
acompañaban.
Después de entregarle el libro de Débora Matheus,
al cual elogió, le di un ejemplar de mi primer acercamiento poético. Mi libro
primigenio pasó a sus manos. Por supuesto, yo no esperaba un juicio de valor,
pues estaba ante una de las figuras más prominentes de la poesía venezolana. Lo
primero que me preguntó, después de leer mi nombre, fue por mi segundo
apellido. Este no aparecía en el libro. Entonces, me espetó sin contemplaciones
que mi nombre era muy común y que, por lo tanto, firmara mis obras de ahora en
adelante con los dos apellidos. Nunca lo olvidé y, hasta hoy, sigo su consejo.
Carlos Augusto León no se limitó a atenderme en su
sala de recibo. Con un amor sincero e inquebrantable, me habló de sus amigos;
de los muchachos que subieron a la montaña para incorporarse a los diferentes
frentes guerrilleros que, en la época más dura de Venezuela, se formaron en
todas las regiones del país. Me dijo entonces que muchos de ellos habían sido
sus alumnos en la Universidad Central de Venezuela (UCV) y que los apoyó sin
miramientos, bajo la amenaza constante de los diversos cuerpos policiales que
perseguían, torturaban, desaparecían y asesinaban.
Me paseó por su casa. Los libros abarrotaban su
biblioteca, pero además convivían con una cantidad de objetos dispuestos por
todas las habitaciones.
—Este es un regalo de Navidad que me trajo una de
mis alumnas desde China —me dijo.
Y como un niño, tomó el pequeño juguete, le dio
cuerda y lo puso a andar mientras lo observaba con deleite y admiración. Se
notaba en su sonrisa el amor inmenso del poeta por aquel extraño artilugio de
hojalata.
Me habló de sus años de exilio, de los sufrimientos
de la cárcel y de las contradicciones surgidas entre sus amigos. Muchos le
traicionaron con el paso de los años; algunos le habían acompañado en su primer
exilio y luego pasaron a bandos opuestos, desde donde le consideraron peligroso
para sus intereses. Junto a su quehacer poético, se movió en el maremágnum
político que sacudía la época.
Muchos temas de conversación fluyeron. En realidad,
me dediqué a preguntar cada vez que el poeta introducía uno nuevo. Su discurso
se hilvanaba perfectamente; disfrutaba contando anécdotas y recuerdos, incluso
los más tristes. Mientras tomábamos un café preparado por Lupe, la tarde se
marchitaba.
Quiso entonces enseñarme las obras de arte que
llenaban las paredes de la casa, y me fue señalando los autores de las
pinturas. El devenir del tiempo ya no me permite recordar todos sus nombres,
pero eran artistas renombrados. Carlos Augusto León sonreía mientras explicaba
que eran regalos de sus amigos.
Se detuvo ante uno al que consideraba especial por
las múltiples lecturas que se le podían dar: setenta refranes populares de
Venezuela. Entonces recordé Los proverbios flamencos de Pieter Brueghel el
Viejo, que data de 1559. En esa obra se ilustran o pintan unos cien proverbios;
a simple vista, es un cuadro que recrea una escena de la época: un pueblo
imaginario lleno de personajes y animales que realizan diferentes faenas. Sin
embargo, cuando se observa con atención, puede realizarse la verdadera lectura
de cada escena. Los personajes interpretan tantos proverbios como intenciones
tuvo su autor.
El cuadro de la casa de Carlos Augusto León tenía
muchas similitudes con el de Brueghel, y el poeta lo sabía bien; solo que allí
se trataba de refranes venezolanos. Confieso que, al primer momento, no
conseguía identificar ningún refrán representado en la pintura, así que él fue
enumerando algunos:
—Mira allá: «perro que ladra no muerde» —y,
efectivamente, noté la presencia de un perro ladrándole a un señor.
—«El que madruga recoge agua clara» —señalaba él, y
entonces yo lograba leer el refrán sin dificultad en la pintura.
Estuvimos un rato contemplándola mientras él
relataba todas las acciones de los refranes que a mi vista permanecían ocultos,
y que se develaban solo con la lectura del poeta.
Ya pronta a llegar la noche, me trajo un libro.
Solamente el alba lo dedicó con el cariño que se puede tener a un amigo.
Entonces lo consideré entrañable, por el afecto y la solicitud demostrada
durante mi visita. Un poeta sencillo, sin ínfulas de grandeza, a pesar de ser
uno de los protagonistas de nuestra historia política y literaria.
La dedicatoria reza: “Carlos Augusto León dedica
este ejemplar de Solamente el alba, poemas, en memoria de su visita a nuestra
casa. Cordialmente, Carlos Augusto. 11.1.92”.

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