jueves, 22 de agosto de 2013

Habitar el sonido


Rodolfo Castro

 
El texto escrito yace inerte e inexpresivo ante nuestros ojos. No hay nada vivo allí, sólo rasgos apagados, un intento por existir, un libro, las paredes de arcilla de una olla vacía. El texto escrito es un recipiente. Eso que no es el libro es la lectura. Leer es caer al vacío, ingresar en ese espacio por propia voluntad y en ese acto otorgarle al libro su esencia, su razón de existir: ser leído, ser un sitio habitable.
Si la lectura en cualquiera de sus formas es un ente intangible, la lectura en voz alta demanda un acto de creación: una ilusión sonora que pueda ser vista.
No se lee en voz alta para ser escuchado, leemos en voz alta para que los que escuchan vean el sonido, se arropen en él, lo habiten.
Si durante el transcurso de una lectura en voz alta notamos que alguien está mirando hacia otro lado pensamos que esa persona está distraída, y seguramente es así. Y es que cuando hablamos no nos dirigimos a los oídos de la gente sino a sus ojos. Aunque nuestro auditorio se halle en completa oscuridad o esté al otro lado del receptor de radio, el sonido que nuestro cuerpo emite tiene que estar encaminado a producir imágenes sonoras. Aquí quiero aclarar que cuando me refiero a la lectura hablo en especial de la lectura de textos literarios, aunque no descarto los otros.
La lectura en voz alta es un acontecimiento que sobrepasa el simple desciframiento de signos y su expresión sonora. El desafío del lector en voz alta es el de transformar esos signos inertes en volúmenes tangibles que respiren, se muevan con libertad y desafío, y toquen al que escucha, lo conmuevan de tal manera que su sensación sea como la de estar viendo el sonido, viendo el cuento escuchado.
La lectura en voz alta no se puede limitar a otorgar cualquier sonido a las palabras. Hay que darles el sonido que les corresponde, el sonido con el que esas palabras quieren ser dichas. Pensar en el sonido como en un ser vivo que se gesta en el interior del ser humano, nace, crece, se desarrolla y muere. Habitualmente esto no se toma en cuenta, y escuchamos lectores en voz alta que leen un cuento con los mismos sonidos que utilizan para leer un informe, una crónica, un discurso o una planilla de nombres.
Quizá no esté de más señalar que esos lectores en voz alta suelen perder la atención de su público, y si ese público está compuesto por niños, esa pérdida de atención se interpreta como indisciplina o falta de respeto, y por consiguiente el lector incurre en actos represivos, creyendo que así logrará obtener la atención que la lectura requiere, sin entender que ciertas cosas no se pueden imponer. Uno puede imponer artificialmente la quietud y el silencio, pero en el fuero íntimo de quien es sometido a esa lectura defectuosa, la atención continuará en libertad y estará puesta en otro sitio más interesante.
El texto escrito comparte con la oralidad un espacio común de lenguaje, pero cada forma de expresión posee reglas independientes que en algunos casos son incompatibles.
El escritor propone, pero el lector en voz alta tiene todo el derecho de disponer del texto
Lectura camuflada . Fotomontaje de Patrick Desmet
según su experiencia se lo demande. En lo personal, creo que esta aproximación al texto debe ser casi ritual, así como los antiguos leñadores pedían permiso al árbol para ser derribado, o los pescadores que solo pescan lo necesario y regresan al mar los peces sobrantes, sabiendo que así se aseguran que siempre habrá pesca. De la misma forma, cualquier modificación que se practique en el texto debe ser respetuosa y evitar dañar los órganos vitales del cuento, ya que una adaptación grosera y poco reflexiva puede darle muerte. Sin embargo, creo que es preferible asumir este riesgo, ya que de otro modo, el peligro lo corre el lector, que se enfrenta a textos bellos, pero que no han sido escritos para ser leídos en voz alta. Muchos textos demandan una traducción hacia el sonido, si esta no se realiza se dañará la expresión y la lectura en voz alta se tornará plana e incomprensible para el que escucha, y muchas veces también para el que habla. Las personas son más complejas y maravillosas que los libros. Los libros adquieren una categoría de trascendencia solo cuando pasan a través de un lector. Solo cuando son habitados por uno o múltiples lectores.
Para que este atravesamiento pueda ocurrir con mayor frecuencia, el lector en voz alta tiene que asumir su condición de hueco. Permitir que su cuerpo se inunde con los sonidos que intuye en el texto y que luego brotarán en forma de imágenes sonoras.
Pero para no quedarme en el enunciado retórico trataré de compartir en estas páginas algunas prácticas que en mi oficio como lector en voz alta y cuentacuentos me han ayudado a sacudir el texto escrito para hacerlo producir sonidos.
La lectura en voz alta de primera intención, en la mayoría de los casos, está destinada al fracaso. La lectura en voz alta demanda una lectura previa. Hay que leer antes de leer en voz alta. Sin embargo, en las escuelas es común que el maestro señale una página del libro de lectura y pida a sus alumnos que lean en voz alta, exigiendo que lo hagan correctamente, con buena pronunciación, respetando los signos de puntuación, de manera expresiva, y todo esto sin antes haberles permitido hacer una lectura exploratoria que les deje conocer lo que van a leer para otros y adaptarse a las necesidades del texto.
De esa manera, aunque el maestro piense que está promoviendo la lectura entre sus alumnos, lo que realmente hace es empujar al niño a la frustración y al rechazo hacia la lectura, porque lo está poniendo en un lugar de indefensión ante sí mismo, ante el texto y ante sus compañeros. Leer antes de leer en voz alta para otros es una condición de justicia y respeto con el texto, con el lector y con quienes lo escuchan.
Una vez hecha esta primera lectura, habrá que avocarse a la sonorización adecuada del texto, buscando en las palabras el sonido particular que el marco contextual les otorga.
Supongamos que el personaje del cuento dice: “Mañana debo partir”. Dado que estas palabras están fuera de su contexto, no podemos saber cuál es el sonido que les corresponde, no sabemos si deben ser dichas con angustia o con alivio, con indiferencia o con tono imperativo, con resignación o entusiasmo. La pregunta que ha de hacerse el lector en voz alta para descubrir el sonido de una frase es: ¿Cómo se siente el personaje? Y esto sólo puede responderse si se sabe cuál es la situación en la que este se haya inmerso.
Imaginemos que quien dice esta frase se está despidiendo para siempre de un ser querido, en ese caso, el sonido de esas palabras será triste y fatal. Si en cambio el personaje es un joven ávido de aventuras que se encuentra a punto de iniciar un viaje largamente planeado, quizá el sonido de la frase sea imperativo, o agitado. En un tercer supuesto, si ese mismo personaje es retenido contra su voluntad impidiéndosele partir, esa frase tendrá un tono angustioso, suplicante o hasta amenazador. Así como las cifras cambian su valor según su ubicación dentro del número, las palabras sufren notables transformaciones según el contexto en el que son dichas.
La misma frase, las mismas palabras acomodadas de manera igual, pero en contextos diferentes, significan distinto, y tienen distinto sonido de enunciación.
Si el lector se ocupa en descubrir cómo se siente el personaje en cada momento específico del cuento, estará a las puertas de la comprensión o seguramente ya haya cruzado ese umbral. No alcanza con saber el nombre de los personajes, decir dónde se desarrolla la acción y hacer referencia a la anécdota narrada. Esta es una aproximación superficial al texto, útil, pero insuficiente para hablar de comprensión. Pero si el lector puede deducir cómo se siente el personaje y cuál es la situación que lo lleva a ese estado de ánimo, será porque se ha involucrado con la historia y ha comprendido.
Alcanzado este punto, el lector en voz alta además tendrá que ponerle a las palabras el sonido de esos sentimientos. Si lo logra aunque sea tímidamente, estará creando una atmósfera sonora tangible y habitable, una experiencia de lectura que abonará el camino para que el que escucha también se involucre y se sienta atravesado.
Leer en voz alta es hacer que nuestro interior resuene. Es poner en juego los propios sentimientos y ponerse en sintonía emotiva con el texto y con los demás participantes de la lectura.
Insomnio lector. Ilustración de Natalya Gaida
Siempre me ha resultado curioso escuchar, durante el transcurso de algunos de mis talleres de lectura en voz alta, cuando un participante lee de un libro que el lobo se come a la abuela de Caperucita, y al decirlo no externa ninguna emoción, en esos momentos suelo preguntar si no le causaría ningún espanto ver a una fiera salvaje comerse a uno de sus familiares. Ante la obviedad de la respuesta, pido que continúe la lectura con la voluntad de creer. La lectura es un acto de voluntad, hay que abandonarse a la ficción y estar dispuesto a creer en lo desconocido, en lo imposible y en lo que es posible pero sabemos que no está ocurriendo porque es solo un cuento.
La lectura requiere de nuestra complicidad, para que aceptemos que lo que se está leyendo sí está ocurriendo. Los libros no nos dan nada, es el lector el que da y toma lo que necesita. Si realmente tomamos y creemos, entonces no podremos más que angustiarnos al leer sobre un acto tan abominable como al que se enfrentará una pequeña niña, sola y desprotegida, que está por entrar en una casa en la que la espera un animal feroz que ya se comió a su abuela, y se dispone a devorarla a ella.
De sólo pensarlo se me pone la piel de gallina y el cuento de Caperucita Roja se presenta ante mí como un cuento del más profundo y elaborado terror. Esta voluntad de creer, y esa disposición para tomar, para apropiarse del texto, son indispensables para que la lectura tenga oportunidad de estar viva. Y es quizá la única posibilidad que tiene el lector de entender cabalmente lo que allí ocurre.
Finalmente – y digo finalmente porque el espacio de esta nota así me lo exige, pero no porque el tema se agote aquí –, si uno en verdad quiere que su lectura en voz alta adquiera cuerpo y calidad narrativa y que se vuelva interesante para sí mismo y para quienes lo escuchan, además de tomar en cuenta los elementos antes mencionados, tendrá que ensayar, sí... ensayar. Con esto quiero poner en evidencia que la práctica de la lectura en voz alta raras veces logra sus objetivos si se toma a la ligera, sin cuidado y sin respeto. Es una actividad que desde los primeros tiempos de la invención de la escritura se ha tomado como forma privilegiada de transmisión de la palabra escrita, y que atendida y cuidada puede otorgar momentos extraordinarios de emoción y enriquecimiento colectivo.
 
Por otra parte, y según mi experiencia personal, la lectura en voz alta es el paso obligado hacia la narración oral. El oficio de narrador oral no llegó para mí como un legado de mis ancestros, ni como el resultado de una tradición oral familiar o comunitaria. Aunque a veces cuente cuentos que tienen su origen en las tradiciones orales, esos cuentos también los obtengo de los libros. El narrador oral urbano está amarrado a los libros como un barco a un muelle, allí se abastece para salir a navegar. A los libros llegamos para abaste- cernos, pero como los barcos, regresamos a ellos también para reparar nuestras heridas, para descansar y para compartir la carga que traemos. En otras palabras, el lector toma del libro lo que necesita, se lo lleva consigo y así le da al libro y a él mismo la posibilidad de enriquecerse juntos.
Rodolfo Castro. Argentino residente en México. Escritor y narrador oral. Autor de dos libros sobre lectura, La intuición de leer, la intención de narrar y Las otras lecturas, ambos publicados por Paidós, y de una obra de teatro para niños, en colaboración con Mariana Lecuona, El fin del sueño (Fernández editores, 2003). Es maestro de lectura en voz alta y narración oral en la Universidad Pedagógica Nacional y narrador oral para los programas de promoción de la literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes y del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Colabora con editoriales, centros culturales, ferias, festivales, escuelas e instituciones públicas y privadas, brindando funciones de narración oral, talleres y capacitación para maestros y público en general. Actualmente recibe el apoyo del Instituto de Cultura de la ciudad de México para promover su trabajo y sus propuestas en las zonas marginales y de bajos recursos de la ciudad.

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