Adrián Marcelo Ferrero
La primera noticia que tuve de la escritora Siri Hustvedt fue alrededor de 2012 o 2013, cuando llegó a librerías argentinas, su ensayo La mujer temblorosa o la historia de mis nervios (2010). En este libro multidisciplinario, la autora, con valentía afrontaba sin concesiones una afección o patología neurológica que padecía, por la que había tenido que permanecer internada incluso en el pabellón de neurología del Hospital Mount Sinaí de NY, ciudad en la que reside, en una estancia que recordaba como una pesadilla. El libro es apasionante por donde se lo mire. Alterna lo autobiográfico con lo científico (concretamente las neurociencias), sus novelas y comienza con unos temblores descontrolados que a partir de 2006 la aquejaban toda vez que hablaba en público o que se colocaba en una situación de exposición pública. La primera vez se le reveló en un homenaje a su padre, que había fallecido y en la Universidad en la que trabajaba habían plantado un árbol con su nombre como insignia. Ella era la depositaria de proseguir una tradición universitaria que abrazó con pasión y que en ese momento se volvió particularmente significativa.
Luego de sucesivos ataques de
temblores, por ese motivo comenzó a realizar un largo recorrido por neurólogos,
psiquiatras, psicólogos y psicoanalistas. Hasta que lograron finalmente, luego
de un largo proceso, dar con la droga que más se parecía a una solución. Una
droga que atenuaba o evitaba sus temblores en eventos públicos. Lo más curioso
es que a estos temblores descontrolados no les eran simultáneo la confusión
mental o la pérdida del hilo de la conferencia. Ningún cambio en el habla. Su
discurso se seguía desarrollando inalterable. De modo que ella se aferraba a
esa droga como el recurso de salvación al problema que la aquejaba. El libro
sigue su derrotero por investigaciones con expertos, con los que investiga
acerca del tema en eventos científicos, expone en congresos, se documenta,
estudia, profundiza en abordajes sobre el cerebro humano, en fin, realiza una
especialización. Y se convierte en una estudiosa en esta materia. Paralelamente
prosigue una exitosa carrera como novelista. Como experta en análisis de obras
de artes plásticas también continuó trabajando. En fin, una mujer con varias e
interesantes aristas en particular en la vertiente de la crítica. Pero también
como creadora de obras de ficción. Luego de haber leído ese libro vinieron
otros dos, pero llegarían bastante más tarde.
La segunda noticia que tuve de
Siri Hutvedt, fue en una gacetilla de difusión de una olvidable revista
supuestamente literaria y supuestamente prestigiosa, que sistemáticamente
cambiaba los títulos de las notas que yo les enviaba, sin siquiera consultarme,
diciéndome, cuando me quejé, que “eso va a seguir ocurriendo”, con lo cual no
di un portazo, porque tengo modales, pero di por terminada mi relación de
trabajo con ella. En esta revista había una gacetilla que anunciaba que la
escritora norteamericana había obtenido el Premio Princesa de Asturias 2019,
que venía a sumarse a una larga serie de distinciones y reconocimientos
recibidos. Difundí el discurso de recepción del Premio vía Facebook por
considerarlo valioso. No era un discurso académico. Pero sí realizaba
reivindicaciones, revisaba su historia, trazaba un recorrido de sus
aspiraciones y cerraba con una reflexión profunda en torno de la escritura
creativa.
Me enteré de que Siri Hustvedt tenía un
posgrado sobre Charles Dickens por Columbia University (NY), esto es, tenía
formación académica en Letras además de como escritora. Había sido lectora de
teoría y crítica literarias, además de literaturas extranjeras. Circunstancia
que se percibe de inmediato en sus libros. Sus cavilaciones están siempre
fundamentadas y también hay referencias librescas cuando realiza análisis a
fondo sobre distintos temas.
Hacia alrededor de 2018 escribí
un artículo para la publicación ViceVersa Magazine de NY (tan luego su propia
ciudad) sobre su libro de ensayos Vivir, pensar, mirar (2012). Por esa época yo
no era un novato. Me había doctorado en Letras en la Universidad Nacional de La
Plata en 2014. De modo que estaba en condiciones de ejercer el pensamiento
crítico con soltura. Por otra parte, venía entrenándome en realizar y escribir
reseñas de libros tanto de ficción como de crítica y teoría con enfoque
académico desde 1999 en revistas especializadas de distintas partes del mundo.
Estaba provisto de los recursos para afrontar ese libro. Lo hice. El resultado
fue un artículo extenso, no tan ponderativo como el que había escrito sobre La
mujer temblorosa o la historia de mis nervios. Hacía notar toda una serie de
objeciones que le formulaba a la autora en las que no tiene caso detenerme
aquí. Lo que sí resulta importante es que se trata de una suma de artículos
dispersos, todos heterogéneos, tanto en su formato como en sus temas. Lo que no
dejó de llamar poderosamente mi atención en contrapunto con aquel primero que
había leído. Esta acumulación diversa de artículos, conferencias, notas
inéditas, reseñas de libros, escritos para conferencias, notas para blogs, no
guardaba una unidad de tono ni de género discursivo alguno. Había otras
objeciones de mi parte, fundamentalmente a su uso de la palabra “ensayo” y
predicarla de un conjunto de textos argumentativos a mi juicio muy heterogéneo.
El 10 de noviembre de 2021 publiqué en México, en revista Vagabunda Mx un largo
artículo titulado “Matices en los ensayos de Siri Hustvedt: entre la objeción y
la virtud”. Allí profundizaba mis objeciones en la libertad semántica con que
definía textos de su autoría que a mi juicio eran simples notas familiares o
bien textos para blogs. Para este artículo me serví de tres de sus libros de
“ensayos”. Los que hasta ese momento me había sido posible conseguir
traducidos.
Ya ven, no dejaba de haber una
sintonía singular con esta autora que a mí me asombró. Era Dra. en Letras, era
escritora, se interesaba por asuntos vinculados a la salud mental y había
pasado buena parte de su vida escribiendo sobre las artes plásticas, sobre las
cuales yo estaba a punto de iniciar un curso de apreciación de Historia del
arte. Yo había escrito en coautoría dos libros interdisciplinarios entre
fotografía y textos literarios. Y realizando trabajos también en colaboración
con artistas plásticos de Argentina con trayectoria internacional. Como si todo
esto fuera poco, una de las dos autoras abordadas en mi tesis doctoral,
Angélica Gorodischer, había compilado una antología de la narrativa noruega,
Noruega cuenta (Buenos Aires, Ediciones de la Flor,1994), de modo que todo
parecía encajar en un extraño y misterioso dibujo. En 2021 leí su último libro
de ensayos, La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres. Ensayos
sobre feminismo, arte y ciencia (2016). El libro nuevamente prometía con ese
título mucho más de lo que cumplía. Otra vez disperso, de feminismo en
profundidad poco afrontaba más que pinceladas. Y más narrando anécdotas que con
abordajes teóricos en profundidad. Sí había algunos trabajos sobre danza y
fotografía, entre otras artes. Y, eso sí, neurociencias, psiquiatría y
psicoanálisis en abundancia. Agregaría a ello: con bastante erudición. No diría
que los de una experta, pero sí con conocimientos sólidos en esas disciplinas
científicas.
Sin embargo, lo que podría
pensarse como mera objeción, también ponía el acento (y ponía el acento de modo
enfático), de modo ponderativo en varias dimensiones de los trabajos de
Hustvedt. El haber afrontado un problema de salud y sin demasiadas vueltas,
haberlo hecho público, haber referido sus tratamientos y sus síntomas. Narrar
su proceso terapéutico. Narrar de qué modo se había involucrado con sus
investigaciones en torno de él. La confesión de sus dudas y conflictos. El
largo itinerario de su vida de experta en letras y estudiosa de las
neurociencias aplicadas a la salud.
Para terminar de cerrar este
círculo, publiqué en revista Vagabunda Mx el 23 de febrero de 2022 el texto
“Arrebato: visita imaginaria a Siri Hustvedt”, en el que en un texto de ficción
croniquística imaginaba un diálogo posible con la autora estadounidense a
través de nuestras lenguas, una comunicación y una traducción imposible, bien
mirada, pero que se volvía inmediata pese a hablar ambos cada cual su propio
idioma. Este texto cerró la serie de publicaciones sobre Siri Hustvedt que realicé,
hasta ese momento.
En este balance parcial de una
autora originalísima, cuya obra de ficción conozco no en su totalidad (de sus
novelas leí Todo cuanto amé, Elegía para un americano y Un verano sin hombres),
hay nuevamente zonas de contacto. No me queda sino realizar un reconocimiento a
su trabajo incansable. Ser justo. Y, sobre todo, valorar el esfuerzo denodado,
tanto académico y como artístico de alguien que, proviniendo de las
humanidades, como yo, nos introducimos en un universo como el de la ciencia
médica relativa a la salud mental. En mi caso mediante una recapitulación y
contestación terminante a la ciencia médica psiquiátrica publicando trabajos
tanto en revistas especializadas como en las de cultura literaria escribiendo
poemas, artículos y reseñas de libros que abordan el tema. Como un espejo y
como un reflejo deformante de sus incongruencias. Y en el suyo, procediendo
también a una narrativa, historizando su caso, sin dar un paso atrás frente a
las "ciencias duras", que suelen descalificarnos a los escritores o
expertos en Letras y literatura poco menos que por considerarnos inclinados a
la disertación insustancial, el diletantismo y ser proclives a la falta de
rigor. Nada que roce las investigaciones científicas de prestigio y jerarquía.


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