Luz del Mar Higuera
En este poemario todo está interconectado, viene de la vida misma.
Superando de una manera u otra el apego a la vida terrenal.
Cae la gota
en la inmensidad
del vacío.
Así van cayendo uno a uno los versos en el poemario. Comienzan con los
haikus, haciendo este homenaje a la naturaleza, a lo sencillo, pero a la vez
místico que esconden las estaciones:
Otoño
Caen las flores
a lo lejos suena el
eco del viento.
Hay una relación intrínseca también con lo oriental, con aquello otro
que nos construye. Va también trazando la vida del poeta, dentro de su
cotidianidad. Transita, por el amor en sí mismo:
En mis pensamientos
yace oculta la montaña
[yace oculto el árbol]
en mis pensamientos todavía
yaces oculta...
Y así nos va mostrando el no poema. Rompiendo así con la tradición de
despejarse de tanto adorno en la poesía y encontrándose así con la palabra y el
poeta mismo. El thanka encuentra su espacio, en lo profundo de la naturaleza y
en la forma sutil en la que se manifiesta.
Le habla a Lizzie, su esposa. A la mujer que es musa, que es compañera,
que es inspiración.
Entre tu venida y mi partida
habita la nada incierta
donde cuelga un beso suspendido.
Ese beso que nunca tocó ni tus labios
ni los míos, aumentando la distancia
entre este poema
y tú, musa mía de mirada
ausente y cómplice silencio.
El poeta hace un homenaje a la tierra, a el árbol que se mece en las palabras, con el viento.
Me oculto de la luz
como el poema se oculta
de la realidad.
Me invento este verso
que se inventa a sí mismo
que se vale del viento para
llegar a ti a través de las palabras
que van penetrando una a una en ti.
En cada latido, en cada respiro
en cada árbol palabra que yace en ti
en cada vuelo, en cada ala, en cada ave
que se funde
en la nada blanca de este pape.
Henrique nos muestra la conexión con la vida. También le escribe versos
a Ramallah, a Palestina, a la deshumanización, a la tragedia. A aquello que
parece lejano, pero es un dolor común que nos desgarra.
En el transitar de las líneas va cerrando el poemario acercándose al
atardecer para fusionarse con la noche, alineándose con el círculo donde el
origen y el fin permanentemente, parecen encontrarse.
En las calurosas noches
acostumbro a esperar a la luna
detrás de los caños.
Ella llega, me habla
de sus interminables insomnios
y sus interminables chácharas
con las estrellas
yo le hablo
de mi amor por ella.
Y bien que lo saben sus amigas
las estrellas
nos damos un beso,
se acaba este verso
y ella vuelve a su inmenso universo.
Y yo poeta enamorado de ella, la luna
sigo mi camino hacia lo incierto.
Al final principio y fin se unen
mi claridad y mi oscuridad cesan
en un mismo punto. Vida y muerte coinciden
frente a frente mirándose una a la otra,
mis pasos terminan donde comienzan
al cerrar el gran círculo.
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