viernes, 14 de julio de 2023

Leer, sentir, traducir, escribir

 

Adrián Ferrero


 

Ilustración Linda Valere

Es cierto que determinadas competencias o prácticas sociales vinculadas al orden de la escritura creativa (y la lectura), suman a ella conocimientos o bien productos de la imaginación creativa. La escritura creativa también se alimenta de la captura de las ciencias, las ciencias sociales u otras humanidades. Sin embargo, no caería con ello en un simplismo errado. Tal reduccionismo no favorece el abordaje de la lectura desde muchas perspectivas. La lectura, la traducción y la escritura, para el caso, pueden ser analizadas como las distintas fases de un  mismo proyecto creativo. En efecto, escribir nos conduce rumbo a todo un conjunto de hallazgos, formas expresivas, el impacto sobre la emoción en ocasiones inesperadas, imprevisibles o no previstos en el mapa de un texto. Acoge emociones, fantasías, descubrimientos, imágenes plásticas o sensoriales, así como todo el resultado sobre nuestro cuerpo en el acto mismo de leer. Cuerpo y lectura, cuerpo y escritura, entre otros factores que rodean al uso de la palabra o su decodificación.

Lo cierto es que para saber escribir o aprender el modo de leer al shock que produce la incorporación al universo del texto (primero al orden del pensamiento, luego a una génesis y un resultado), al universo del cuerpo. Al igual que al producirla, hay algunas operaciones complejas pero claras pertenecientes al campo de los sentidos o bien de una sensibilidad corporal y mental dispuesta a desandar el  camino de la producción textual para potenciar al máximo su capacidad eficaz. Incluso los provenientes de otras disciplinas, en las cuales se presenta el relato del enfoque en otro orden de esa forma. Sabemos que el psicoanálisis, es una de ellas. La psiquiatría otro tanto, entre otras.

Desde mi punto de vista, sucede que cuanto mejor, más nítida, más precisa, sea la escucha de un autor o autora, mayor será su exactitud, su precisión o bien la recreación de determinadas representaciones sociales ligadas al orden de lo estético.  También en una riqueza sin duda que se despliega en varios matices. Es así como en el universo de los textos, aquellos que suelen ser producidos a partir de estímulos provenientes de lo auditivo, luego procesados por la experiencia (la primera forma de la traducción), también imaginarios, que se ajusta al código oral más que al escrito, más perceptible en un habla que remite a un código verbal junto a ella manifestada en el marco de lector de grupo o sociolectos asociados incluso por ausencia o falta, no solo por su enunciación, no solo concebido de modo puramente abstracto. En efecto “tener buena escucha”, o “tener buena oreja” (como me lo expresó hacia los años noventa una escritora argentina de prestigio que entrevisté) no sé si garantiza textos bien construidos, originales o con una buena dosis de música al ser leídos tanto por escritores/ras como oralizados,  plasmados en la escritura, o bien si ellos en cambio de modo claro se entrecruzan en un campo de fuerzas en tensión. La batalla se libra entre lo que se lanza al mundo de novedoso, para llegar en una fricción fatal, a un resultado satisfactorio. Los distintos vectores que conducen las fuerzas que luchan por dentro de la maquinaria sensible para concluir mediante toda una serie de operaciones presentes o de antaño a las cuales remitirse para ser reunidas en una síntesis. Se trata tanto en la producción como en la recepción, de incorporar materiales simbólicos que de modo incuestionable aumentan nuestra capacidad de leer de un modo más refinado. Y es la forma según la cual, en la estrategia de la escritura, dicho capital brinda mayor intensidad y densidad a sus componentes afectivos o bien biológicos.  

Diría en primer lugar que la construcción de un texto, su génesis, nace, surge a partir de toda una amplia gama de estímulos. Esos universos suelen provenir de la capacidad y facilidad de crear, al tiempo que disparan la operación de la escritura, impulsando un nacimiento, también inaugural. Se toman toda una serie de decisiones (no siempre conscientes) que el escritor puede o no siempre digitar. No solo no están en sus manos sino que responden a una lógica producto de sus propias reglas. En efecto, de un estímulo perceptivo y mental, de una idea, de una serie de asociaciones, de una mirada o de un silencio, nace en primer lugar la operación de lo expresivo y la construcción de un texto. Una cierta clase de textos que son inconfundibles para quien está escribiendo. Existe entonces esta capacidad de escribir con mayor o menor destreza de textos con mayor o menor grados de complejidad. Pero también esta operación de traducción (que no utilizo en su sentido más estricto, ortodoxo o convencional) se refiere a que un conjunto de ideas se convierte en una trama que, según quién y cómo escriba, sí convertirá un conjunto de estados mentales, emociones, sensaciones, evocaciones, en un registro de lenguaje creativo, con atributos, tonos, gramática, atractivos o que produce un rechazo en el creador que luego los lectores y lectoras, en su versión final, en el seno de su universo poético, juzgarán de modo definitivo. Se referirán a uno o varios modos de lectura y también de escucha en el sentido de que la escucha queda vinculada también a la posibilidad incluso del silencio. O directamente es su condición.

Ahora bien: ¿de qué modo el autor, que está consciente de todo un estímulo imaginario puede servirse para la producción de la frase de una obra literaria madura, lograda y de excelencia? No me estoy refiriendo con ellos a casos de genialidad. Sino a los aspectos en torno de los cuales nos plantea a todos los autores y autoras en el seno de nuestro trabajo un estilo del que poco sabemos antes de escribirlo y cuyo nivel de certeza poco a poco se nos va revelando hasta alcanzar su punto más alto.

En primer lugar hace falta preparación y formación para afinar el uso del lenguaje. Para que la maquinaria de nuestra escritura sea la justa pero también sensiblemente de mayor calidad y variedad en diálogo con otros textos de la misma tradición, de la cual pasa a formar que sí hemos leído, al que sí tenemos acceso. Poner en diálogo lo aprendido con una actualidad evidente que pone en coloquio a la literatura de otras latitudes así como la de nuestro tiempo y lugar (coordenadas en ocasiones muy distintas). También la zona de nuestro cerebro que envía ideas traducidas a una gramática literaria que está en condiciones de hacerlo de modo competente. Lo hará, según los casos, con claridad, con belleza, con un tipo de sensibilidad según los escritores y escritoras, que será indicio de delante de qué tipo de productor cultural estamos. Porque hay un tipo de productor cultural que no cuenta con la capacidad de poner en acción redes conceptuales, de trabajar asociativamente y una memoria a la cual acudir en la medida en que se propone la realización de nuevas obras. Es cierto que no todos los textos plantean similar nivel de pensamiento abstracto o de compromiso con ellos. Y también que el pensamiento concreto, una dimensión de la retórica o de la gramática pueden ser capaces de malograr, si no son digitados de modo acertado. Hasta es capaz de hacer naufragar o fracasar a una obra literaria. O al menos dilatarla hasta que el autor o autora logran llegar a buen puerto. En otras ocasiones, libremente lo descartan

De modo que tenemos una buena escucha, una buena memoria que, como dije, varía mucho según los escritores. Y también si disponemos de una capacidad de invención acorde también a la construcción de esta producción que será un renovado texto (que puede como no puede dar a luz una materia de la alta literatura). Ese texto remite a un conjunto de experiencias también referenciales que le brindan datos o información para que no todo sea imaginario. Y le brindan un contexto. Verbal o bien visual en algunos casos. En efecto, la promoción de la representación que dan cuenta del universo del orden de lo real, promueve un cierto tipo de tipología textual con más facilidad que otras. También en ocasiones un autor debe romper con los clichés, con los estereotipos, con los lugares comunes. Esta condición de atravesar la conflictiva trama del texto, esta ruptura que define un buen de un mal texto. Una buena obra, no da respiro a un autor, pendiente, como está, de o en su defecto abstracta, pensar al mismo tiempo que escribe, asistir a imágenes visuales o bien sensoriales reflexionar en torno de si lo que escribe rompe o repite fórmulas y lenguaje cristalizados. Si esa escritura será adecuada al fragmento que de ella se espera.

Mi experiencia es relativa. Se limita a mis saberes en torno del modo como yo y mi capacidad de imaginar y de resolver los problemas se me presentan en el seno de mi escritura, en ese presente, mis producciones en la escritura, a la hora de hacerlo. Si bien escribo sistemáticamente desde 1989 (esto es, 19 años) no sería capaz de afirmar un total nivel de certezas en torno de lo que vengo escribiendo desde entonces. Esta distancia histórica en mi vida me ha permitido el acceso a una formación según la cual un autor como yo (cuentista, poeta, ensayista, con formación académica de base) tiene un sistema de referencias a las cuales remitirse. Tantas otras experiencias de lectura como otras  vinculadas a una memoria de lectura del pasado. Esto es: de una recopilación a lecturas que ha internalizado y sirven para, una vez leído un texto de similares parecidos o similares problemas en el seno de su escritura será resuelto sin duda de modo exigente gracias a ese vínculo con el pasado que se actualiza ante un texto en formación o construcción. Así, de modo culminante nos brinda recursos que servirán de modo eficaz a un autor o autora para poner en acto en un texto como ineludible recursos. Cada autor interviene su texto hasta considerar que está terminado. Pero aun así pienso que nunca queda del todo satisfecho de él. Más bien lo publica en tanto el texto es lo más parecido a lo que él buscaba que como arquetipo ingresara de modo ideal al mundo. Por otra parte, en el universo de las representaciones literarias, no todo resulta igualmente posible de manipular.

Hay varias formas de la escucha así como hay varias formas de la traducción (tomado este concepto en un sentido amplio o incluso metafórico, como dije) y también otras formas de escritura como procesos o como actividades en el acto de leer. En principio la escucha evoca una charla, un sonido, turnos en el habla, el silencio entre dos personas (que incomodó o más bien produjo un acercamiento fallido, experiencias y escenas vitales), ruidos, acontecimientos del cuerpo, que al ser traídos al presente, bajo las condiciones mejores que seamos capaces de servirnos, la más apropiada para esa demanda que un texto bien construido sabe apelar para su perfeccionamiento. De modo que existe la escucha que proviene del pasado o del presente de la escritura del texto puntual, desde diálogos, otras lecturas, música y canciones, más todas las artes o incluso respecto de su experiencia cotidiana ausente válidas para este caso. Y, ese apoderarse del lenguaje, promueve una forma de hacerlo como matera residual de un más acá de la vida empírica según una propuesta. La sombra de aquel universo imaginario se vuelve límpida o más límpida, con transparencia en su producción al momento de ser restituido al caudal de los recuerdos o bien la vida presente.

Una buena escucha no es garantía de un buen o muy buen texto. Pero sí es una condición o incluso punto de partida nada desdeñable que me atrevería a afirmar de modo casi categórico le otorga una forma, pero también una serie de contenidos. Si construimos a partir de aquello que hemos escuchado, si construimos a partir de lo que hemos antes leído, antes escrito, ese magma que es la escritura, se vuelve cada vez menos vago y más nítido. Me refiero a su potencia. Si en esa escucha entran a jugar tanto todo lo que hablamos ahora, añorando esa información que circuló en torno de nosotros, se potenció con la presencia de los otros, de la alteridad, existe una capacidad de nombrar colmada de detalles. Esta idea de estilo se construye a partir de un interlocutor que acepta, nos acepta y tiende sobre nosotros una caja de herramientas con el poder de nombrar. O de escribir mediante saberes no solo de la lectura o la experiencia previa en relación con su génesis. Si el universo de los textos en circulación resulta por supuesto verosímil, se conjugan todos estos elementos para conferirle a un escritor o escritora una mirada más transparente a la hora de expresarse. Transparente no en el sentido de más fácil sino que supone sortear los textos que más dificultad  ofrecen.  

Pero a no confundir que el lenguaje de muchos modos ingrese al texto de modo verosímil refiriéndose al habla coloquial o bien a la oralidad. Hay autores barrocos o muy barrocos, (Lezama Lima, Severo Sarduy, Néstor Perlongher…) que trabajan la frase de modo obstinado hasta que un texto plagado de lexemas que queda depurado de lo que era cuando comenzó el trabajo, nos encontramos frente a un conjunto de signos que elabora sintagmas que combina al mismo tiempo la capacidad de crítica y también autocrítica. Producción de textos que resultan más hiperbólicos.

Hay un enriquecimiento en el obrar de la escritura que  nos resulta precursor de lo que proseguirá una vez realizado antes de dar el primer paso. Hay textos con una prosa de grado cero (lo afirma Roland Barthes), sin sobrecarga semántica ni a nivel de la frase, o los signos, hasta encontrar un grado cero o bien una prosa blanca, diáfana.

Y regreso a la metáfora de la traducción. No estamos aquí frente a la traducción de un idioma a otros, pero sí de un cierto tipo de código (verbal, de lengua) de prosa, a un texto con una fuerte impronta saturada de información o bien un exceso en lo relativo a aquello de lo que está compuesto en sus distintas frases. De una proliferación significante a otros que no profundizan en la frase más que buscando la simplicidad elaborada. Resulta una fiesta pero también puede resultar un engorro o un fracaso estrepitoso un foco de ansiedad el hecho de estar frente a un texto y no saber de qué modo resolverlo en su conjunto. Ese encuentro o desencuentro vincula los signos de un código con un conjunto de ellos para conjugarse en una totalidad o una construcción estética.

Estas fases puede que cuenten con una metáfora al ser comparadas con el ciclo lunar. Esto es: un aumento lento pero indetenible (también perceptible) de sus correspondientes estadios. Sus frases son faces. Son instancias que lenta, pero de modo gradual, encuentran un acto de traducción a partir de una serie de motivos a una serie de tipología de escritura creativa desde adentro de su construcción. No se trata de un texto que exige transparencia y claridad, adecuado o ajustado. Puede incluso reenviar a la confusión o el caos, el absurdo o lo onírico. Los textos no llevan un ADN que tomarán como referencia.

Pienso que esta idea de que leer y escuchar desembocan de modo necesario y espontáneo en la escritura. No consiste ni funciona de ese modo un texto. Su disparador puede ser múltiple. El desarrollo de su escritura se desenvolverá de un modo que involucra todas las instancias sensoperceptivas: la escucha, lo visto, lo oído, el tacto, los aromas, los ruidos, lo sentidos en acción, su densidad semántica, sus imágenes plásticas, sus contenidos más o menos en sintonía con la sociedad de su tiempo histórico, lo vivido, lo recordado. Y toda la información que nos produce el universo de los sentidos capaces de captar la realidad en todo su alcance. En los textos de imaginación, por supuesto que ir al encuentro de la lectura o la escucha se traduce de una cierta manera de creación en particular, pero también de un momento en el texto o de propiedad de un texto de sentir tanto un acercamiento emocionante o bien de frialdad por distancia o falta de afinidad empática por varias razones. Ese texto es irrepetible. Así como tampoco se repiten los rostros de personas en el mundo entero. No se trata, como dije de buscar la equivalencia de frase a frase (de un universo sociosemiótico a otro), sino de un código a otro. Me refiero concretamente a la conversión de una serie de expresiones, una puntuación, una longitud de la frase, de un conjunto de textos que resulta tener intimidad desde la posibilidad de un código a otro. De un código que se conoce, que nos es familiar, a otro que se lee. Incluso en el texto que uno lee puede haber reverberaciones en lo relativo a otros escritores y escritoras que de modo permanente conquistan el logro de una transparencia del texto literario, que da por resultado un texto propio del código oral. Los códigos se cruzan, se entrecruzan, se entreveran, entran en colisión, se sienten distintos, se perciben, se captan, el uno junto al otro salvo que un conjunto de componentes les otorgue importancia a su expresión para que tengan repercusión en la construcción del texto definitivo.

Las presentes consideraciones (que no aspiran a ser concluyentes sino más bien a abrir un debate) que he propuesto con una última variedad del universo de la oralidad y la escritura, la escritura y la oralidad. Me gustaría dejar por sentado que este conjunto de argumentos, rasgos, especies, variedades, se desprenden y son postulados solo en carácter de hipótesis, porque nacieron como un conjunto de mi experiencia con la escritura, de mi escritura, de mis lecturas, de la escucha de maestros o colegas, de trabajos críticos, de trabajos corporal al punto de sentir su shock emocionante. A lo que podría añadir que también en ese aprendizaje he leído numerosos testimonios de autores y autoras que se pronuncian a propósito de la escritura y la lectura.

Acudo, finalmente autores y autoras que refieren a su escritura, al acto de leer, a puntos de vista que suelen presentarse como una maraña a descifrar. En efecto, hay autores y autoras que leen en voz alta antes de terminar y publicar pero sí mientras están escribiendo o cuando lo han terminado sus textos escritos. Tal práctica resulta una forma clara de proveer al texto de una cadencia, un ritmo, la transmisión de aquello que se ha escrito, a otra cosa que consiste en lo que lo escrito fonológicamente se logra alcanzar en este marco de “entre dos” que se refiere a la traducción en su variante de deslindar en diálogo dos formas de construcción (la versión imaginario a la que se suma el testo meta) y dos formas expresivas. La belleza en los casos más acertados alcanza una música, de analogías en el orden de los sonidos tanto como en lo que nos permiten esos signos a escuchar.                                                        Cierro con esto. Es entonces cuando leer se ata con el lazo  de la escucha, la escucha con el resto de los datos, la traducción producto de un deseo, una necesidad, una fatalidad para dar cuenta de su campo de trabajo tal como ha sido aprendido o directamente ha sido creado. Y, por fin, llega la escritura para, a través de un conjunto de opiniones o bien de sonoridades, se cierra sobre sí mismo, como una cinta de Moebius, en la que arden por fin, como materia ígnea, los distintos registros estéticos a traducirse en un conjunto de prácticas sociales, de intuiciones, de avatares del pasado, hasta que el texto burbujea, entra en erupción. En una estampida estalla en el momento de su irrupción en el universo de los textos que se preservan del pasado o le son contemporáneos. Quizás vislumbra textos futuros. Y se convierte en estallido en combustión.    

 

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