sábado, 9 de diciembre de 2017

Laura Forchetti: “Si el misterio se hace poema, lo celebramos”

Entrevista realizada por Rolando Revagliatti

Laura Forchetti nació el 18 de septiembre de 1964 en la ciudad de Coronel Dorrego, provincia de Buenos Aires, República Argentina, donde todavía reside, alternando con largas temporadas en la ciudad de Monte Hermoso, en la misma provincia. Es Profesora Especializada en Educación Especial y Profesora Especializada en Estimulación Temprana por el Instituto Superior Nº 9 de la ciudad de La Plata. Publicó los poemarios “Cerca de la acacia” (Editorial Vox, 2007), “Un objeto pequeño” (en colaboración con la artista plástica Graciela San Román, Vacasagrada Ediciones, Bahía Blanca, 2010), “Cartas a la mosca” (Ediciones
El Suri Porfiado, Buenos Aires,  2010), “Temprano en el aire” (Vacasagrada Ediciones, 2012), “Donde nace la noche” (VII Premio de Poesía Infantil Ciudad de Orihuela, Editorial Kalandraka, Pontevedra, España, 2015) y “Libro de horas” (Primer Premio en Poesía del Fondo Nacional de las Artes 2016, Editorial Bajo la Luna, Buenos Aires, 2017). 

Fue por teléfono que me explicaste lo concerniente a tu versión libre, lúdica e inédita del poema de Pier Paolo Pasolini: “Who is Me?”, y entonces yo te invité a que incluyéramos ese texto de septiembre de 2011 al principio de nuestra conversación. ¿Quién sos vos, Laura?

Soy una

Soy una
que nació en un pueblo de la llanura pampeana en 1964.
Tengo por consiguiente cuarenta y siete años llevados
(hace un rato me miraba al espejo
y veía las manchas lívidas alrededor de mi ojos);
mi padre murió en el 2000, mi madre está viva.
Ya no lloro cada vez que lo recuerdo,
pienso en sus manos femeninas
con olor a madera, naranjas.
Él había llegado de Italia en el ‘49.
Venía de un pueblo alargado como una serpiente
sobre los Apeninos centrales: Casalanguida;
pude ver, después, sus campanarios.
(Esta mañana me despertó el reloj de la torre de la iglesia
con su campana de las cinco y media
y pensé por primera vez en eso.)
En cuanto a la poesía, empecé a los nueve años:
pero no era precoz, sino quieta y tranquila.
Quería ser una poeta de nueve años,
como las poetas ahogadas en el mar.
Ahora, en este pueblo en silencio,
donde la lluvia muere lentamente
y la tierra demora sus dones,
en diciembre las segadoras deshuesan el cielo
—ya no alimentan gaviotas
ni nacen hierbas sin nombre,
amargas y llenas de lo que se llama vida—
en otoño las abejas arden los girasoles
por el aire interminable y ausente.
Ahora, en este pueblo, todavía escribo
cuadernos y libretas que se olvidan.

La cosa más importante de mi vida ha sido la escritura,
hecha posible por lo indispensable: mi madre, mi padre,
mi hermana, Alejandro, los hijos, la compañía,
tantas mujeres, gente acercando su alimento.
En el 2008, en este lugar donde mi país
es de tal manera él mismo que no queda
posibilidad para las metáforas de la nacionalidad,
lleno de agricultores y pequeños comerciantes,
gente educada y prejuiciosa, poca fantasía,
en este pueblo publiqué mi primer libro de poemas
con el título impreciso de “cerca de la acacia”
(hay un dibujo con flores en la tapa, la luz de una sombra),
el árbol de la seda que me recibió
en la casa donde vivo, atravesada por el día
que recorre una a una cada habitación
de este a oeste, hasta dejar la cruz del sur
colgada sobre las plantas perdidas del patio.
No escribí esos versos en dialecto como Pasolini,
pero puse dos o tres palabras en italiano,
el idioma que mi padre conservó en su lengua,
como una articulación demorada, para siempre.
El libro estaba dedicado a él aunque no lo leyó.
Le hubiera dado inmenso placer,
éramos grandes amigos, sin saberlo ni admitirlo;
nuestra amistad también formaba parte del destino,
estaba más allá de nosotros.
Lo veo ahora que ocupo sus años
o cuando converso con la gente por la calle.

La vergüenza y el miedo eran hacia mi madre.
Aquel librito dedicado a mi padre hablaba de nosotras;
lo que había visto los días de la muerte, la tristeza
en el cansancio del cuerpo y el terror,
mientras llevaba mi segundo hijo y le hablaba
en un parque con escaleras y figuras clásicas;
la sopa de las tías como en la infancia
y el olor de la ciudad que no era nuestra.
Le dije: Leelo si querés, no llores; o si no, dejá,
no importa, no te enojes que puse todo ahí,
no sabía qué hacer con estas cosas.    
Pero ella lo leyó y me llamó por teléfono
para decirme que estaba bien.
Dijo que los poemas eran los paisajes
en  que vivimos, que podía detenerse ahí
para pensar, como a la puerta de una siesta
amarilla y pegajosa de polvo y moscas, flores
de paraíso que adormecen y consuelan.
Ahora son mis palabras, no las de ella, que recuerdan.

En el libro no hablaba de mis años fuera del pueblo
del que huí en el ‘88, ‘89 sin querer volver,
aunque sólo pude hacerme poeta aquí, en este sitio
en que los dramas son el alimento del viento,
corriente que pone un dedo sobre la boca y pide silencio.
Me dictaron algo donde estuve haciendo no sé qué cosas,
pero recién lo supe de regreso a la vereda
de los árboles aserrados en invierno, implorantes
como viejos que han abandonado a su locura.
Aquí supe que tenía que escribir y compré cuadernos
azules; hay ocho o nueve cuadernos azules guardados
en mi biblioteca, en ellos aprendí a escribir mis poemas.
Tenía treinta y seis años y empezaba de nuevo.
Todavía estoy en eso.

¿Tu primera lengua fue el italiano?

Sí, cuando tenía seis meses mi familia se trasladó a Italia y allí permanecimos por dos años. Mi padre era italiano, carpintero; mi madre, costurera, hija de español y tengo una hermana mayor, Perla, profesora de Literatura. En Italia, rodeada de tías y tíos, con la Nonna Domenica, aprendí a caminar, a hablar, a comer sola, a jugar con muñecas. De regreso en Argentina, en Coronel Dorrego, cursé el jardín de infantes y la escuela primaria. Hice la secundaria en el Colegio San José, con orientación docente y obtuve mi título de Maestra Normal Superior.

Residiste un tiempo en la ciudad de Bahía Blanca.

Entre 1989 y 1994. Allí conocí a quien es mi compañero desde hace más de veinticinco años, Alejandro Lemus, y con quien tenemos dos hijos, Pablo y Vittorio. En Bahía concurrí a los talleres de Educación por el Arte en La Casa del Sol Albañil, que coordinaba Mirta Colángelo, mi gran maestra en poesía. Antes, a partir de la vuelta a la democracia en 1983, había pasado por otros talleres de expresión artística. Esos talleres y en especial el contacto con Mirta Colángelo, cambiaron el rumbo de mi actividad docente, ya que empecé a dedicarme a coordinar talleres de lectura y escritura creativa en mi pueblo y en diversas localidades de la zona y dejé mi actividad en la educación formal. Me especialicé en animación a la lectura y la escritura y en literatura infantil y juvenil: a través del juego, la experimentación, la reflexión: mi labor preferida y primordial: crear historias, descubrir la magia de una palabra, su sonoridad, reír con todo el cuerpo, emocionarse, imbuirse de la intimidad de ese contacto único a través del arte, especialmente en grupos con chicas y chicos.

¿Y Poesía en la Escuela?

Poesía en la Escuela es un proyecto creado por las poetas Marisa Negri y Alejandra Correa con el objetivo de que la poesía entre en las escuelas de todo el país, de la mano de poetas y artistas, con propuestas de talleres, festivales, lecturas, intervenciones públicas. Empecé a participar activamente de esta iniciativa colectiva e independiente en 2012. En 2016 movilizó a más de sesenta escuelas de distintos puntos de nuestro país, de todas las modalidades y niveles. Se logró editar “Pie firme sobre cálido cielo”, una antología de poemas de quienes participaron en los talleres a lo largo de los años, donde se incluyen textos de chicas y chicos de Coronel Dorrego.

¿Algún otro encuentro potente y esencial?

El feminismo. En 2005, después de un taller de lectura de la novela de Julio Cortázar, “Rayuela”, con un grupo de amigas y mi hermana creamos un programa radial: “Y que los platos los lave otro”. Programa que se transformó en el primer espacio feminista en Dorrego, generando eventos sociales y culturales diversos: ciclos de cine, conferencias, talleres, presentaciones de libros, marchas, jornadas en la calle, muestras artísticas, intervenciones. Y así nos fuimos conectando con grupos feministas de la región y de todo el país, coordinando acciones conjuntas, difundiendo y concibiendo eventos que concienticen sobre la necesidad del ejercicio pleno de los derechos para las mujeres y la solución urgente al problema de la violencia de género. El feminismo ha sido, además, un elemento de influencia ineludible en mi poesía y es mi lugar de militancia.

Otras experiencias habrás tenido.

En 2001 inicié un trabajo de clínica poética —meticuloso, exigente, respetuoso— con la poeta, crítica y traductora Delfina Muschietti. Una década después me incorporé a un taller virtual de poesía coordinado por la poeta Roberta Iannamico; lo integramos escritoras y escritores provenientes de diferentes puntos del país y de diversos campos profesionales y literarios, es una experiencia muy enriquecedora, no sólo en relación al trabajo con la poesía, sino también, y especialmente, desde lo humano. Otra influencia importante se produjo a partir del encuentro con la artista plástica Graciela San Román, también dorreguense. En 2003 me invitó a participar con mis textos en la muestra “Ando pidiendo verte”, que se realizó inicialmente en Coronel Dorrego en memoria de cuatro jóvenes del pueblo desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar. A partir de ahí seguimos elaborando obras en torno a temas relacionados con derechos humanos y género. En octubre de 2008 inauguramos, en la Biblioteca Rivadavia de Bahía Blanca, la muestra “Un objeto pequeño”, homenaje a María Salomón de Aiub, madre de Carlos, Ricardo y Marita Aiub, desaparecidos. La muestra consta de una serie de poemas de mi autoría y una colección de cajitas intervenidas por Graciela con hilos, bordados, objetos, elementos naturales. En 2010 se presentó el libro “Un objeto pequeño”, con mis poemas y fotografías de las obras de Graciela. Libro y muestra anduvieron por La Plata, Bahía Blanca, Viedma, Puerto Madryn, y en tu ciudad, en el Centro Cultural de la Cooperación. Graciela es también la autora de las obras que aparecen en tapa e interior de otros dos libros míos: “Temprano en el aire” y el inédito “Pájaros o reinas”. También trabajamos juntas, Rolando, en varias muestras relacionadas con la violencia hacia las mujeres, expuestas en Coronel Dorrego, Monte Hermoso y Bahía Blanca. Ahora estamos con el proyecto “Oración a la Madre Sandía”, un juego en que Graciela creó la imagen de la Virgen de la Sandía, con su altarcito portátil y yo escribí la oración, el rezo a la Bellísima Reina del Verano. Este proyecto se fue convirtiendo en un libro, la Oración con sus nueve imágenes, que deseamos poder publicar pronto.

Nombres de escritoras a las cuales citás en tus libros: Alfonsina, Katherine, Sylvia, Marguerite, Idea, Clarice, Gabriela, Emily…

Esos nombres forman un mapa de lectura. Leer sus libros ha sido una experiencia fundamental para mí, no sólo como poeta, como mujer. Leerlas me ha ayudado a encontrarme conmigo misma y con mis hermanas. Las admiro, las amo. Me gusta nombrarlas, que estén presentes en mis poemas.
Difundir la obra de escritoras se ha convertido, en los últimos años, en un objetivo central para mí. Incluso en los talleres que doy, siempre trato de llevar sus textos, porque todavía hay una gran desigualdad entre la difusión y valorización de la obra de las mujeres y la de los varones. Por ejemplo, en las universidades o estudios superiores, el porcentaje de obras de escritoras mujeres sigue siendo muy minoritario, vergonzosamente minoritario.


          — Oigamos a estos tres escritores: Baldomero Fernández Moreno (1886-1950): “Todo es anécdota: anécdota intelectual, aérea, creacionista, o anécdota de pan y queso. La poesía viene o no viene, después.” Roland Barthes (1915-1980): “Es escritor aquel para quien el lenguaje crea un problema, que siente su profundidad, no su instrumentalidad o su belleza.” Luis Luchi (1921-2000): “Cuando un poeta lee está determinando una cantidad de emociones con la inflexión de la voz. A mí escuchar me da claves para sentir los poemas.” ¿De cuales afirmaciones te sentís más próxima?

LF — De las tres: no son opuestas, son complementarias.
Como Baldomero, creo que el poema se alimenta de la anécdota, lo más pequeño de nuestra vida, lo insignificante. El poema ayuda a mirar, a descubrir de qué habla esa anécdota, qué nos dice, qué destello nos deja. La poesía caza esos instantes y los vuelve —si tenemos suerte— verdad y belleza. Pero, como también dice Baldomero, la poesía viene o no viene. El poema se hace o no. No sé si esto es importante, lo necesario es percibir el destello del instante, ese otro lado de lo que vemos, escuchamos, vivimos. El misterio. Si se hace poema, lo celebramos. Pero la mayoría de la gente siente ese destello, aunque no lo escriba.
Y esto conecta con la cita de Barthes; quienes queremos llevar esos instantes al poema, tenemos la inquietud de la escritura, somos esos que andamos forzando el lenguaje, haciendo trampas al diccionario y a la gramática, sentimos la profundidad de las palabras, ese otro mundo que encierran, no instrumental, poético, inútil.
La cita de Luchi nos deriva a otro lugar: la lectura en voz alta del poema, la voz del poeta que lee. Escuchar el poema —especialmente en la voz de quien lo ha escrito— es otro tipo de experiencia poética. El poema entra por el oído, nos atrapa su música, su tono, la dicción, el arrastre de esa voz, el eco dentro de nuestro cuerpo. Una experiencia muy diferente a leer el poema sobre el papel, que es una experiencia visual e intelectual.
El poema leído es un río en el que nos dejamos llevar, transportar a otra orilla, una orilla desconocida, recién creada.

*

Entrevista realizada a través del correo electrónico: en las ciudades de Coronel Dorrego y Buenos Aires, distantes entre sí unos 630 kilómetros, Laura Forchetti y Rolando Revagliatti, 2017.




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