martes, 19 de agosto de 2014

La cifra y la ceniza, el poema




Eleazar León

Si un poeta escribe sobre la lluvia, su cuerpo cae y sus palabras, mana por dentro y se va lejos, goteando y solo, desmemoriado y lleno hasta el desbordamiento de sus propias aguas. Nada y nadie de afuera puede poblar el poema si antes no es huésped de una conciencia disponible, de un alguien, el poeta, que se sabe visitado por todo y residente de lo fugaz, como un paraje que se recorre y se abandona sin permanencia. Lo duradero es lo que pasa, ese intercambio entre el camino y el caminante, ambos en  ruta hacia un  lugar que ya conocen, aunque no puedan encontrarlo. La duración del poeta es la sucesión del poema en un tiempo y un espacio siempre futuro: para ser ahora, inmediatamente, tendría que saltar la distancia que el mundo mantiene para que nosotros seamos, para poder vivir diferenciados de él.
El poema es una reconciliación  entre extraños, entre viajeros que no se han visto antes y se saludan con aire consecuente, repitiendo los ritos de una ceremonia desconocida, dándose mensajes que nadie ha enviado y que ellos no podrán descifrar. El poeta no se resigna al país extranjero que es la vida, y en un alarde, con más alma que entendimiento, habla todas las lenguas,
llama a las piedras y los pájaros con nombres que ha oído en sueños, y a los árboles y a los montes con palabras  que inventa para saber que los llama, y a toda la fiesta terrestre con las voces de la errancia, con los secretos del delirio, con los ruegos de la felicidad. La frecuencia del infierno no quema los ángeles. Con los dos pies  de la memoria va ‘a caballo y relincha, y ese desierto que lo envuelve sopla cegantes torbellinos, y en el revuelo de las arenas ve las colinas y el horizonte y aferra en un puñado la desmesura de su verdad. ¿A quién puede ver  sino a sí mismo que se mira expandiéndose y múltiple, colmado y diferente, testigo de su propia irrisión? En esta cara del espejo la imagen se agranda, y aunque igualmente desaparece, crea por instantes la figuración de un rostro, de un ojo que al mirarnos nos hace existir. Así el poeta quiere un cuerpo de barro y fuego que le de consistencia, que le afirme que vive a pesar del olvido y la ceniza que acechan y renuevan todo lo viviente. Como quiera que sea, para borrarse o hacerse materia, el poeta  concluye en el reconocimiento de la ilusión. El poema es esa transparencia.

El peso de las sílabas hunde la sed de sus raíces sobre la página fantasma, cuerpo que se encuentra y se pierde tras una niebla sucesiva, rasgado a trechos por una luz tan asombrosa como un adiós en las bienvenidas. El poema ve, pero sus ojos están empañados, o están empañados los ojos que lo miran, consecuencias iguales para distintas ambiciones. El triunfo de esta derrota es el entusiasmo humano, victoria que pierde lo que gana, una lucidez que hace sus bodas con la sombra porque no hay otro esplendor. El acto que dice las palabras y se deja decir por ellas no es ya un poema solamente, es el designio alrededor, la declaración en redondo de un comienzo y un fin del que apenas conocemos la sorpresa en curso.
Gastadas como monedas en el laberinto de los intercambios, las palabras ocultan su relieve. Tarea de artesano digital, el poeta palpa las acuñaciones borrosas, las inscripciones inciertas, el valor dudoso y reanuda la significación, con el riesgo mortal de las falsificaciones, las manos que hurtan y los monederos que hacen de su avaricia un pozo sin fondo. De nada sirve la acumulación de palabras. Sólo la desnudez o el disfraz que despoja — las máscaras revelan al que se salva detrás de ellas — permite la distinción de las voces y los ecos, la música y el silencio, el grito acorralado y el susurro sin tiempo de las confidencias. No hay palabras ni voces sino latidos que galopan, corazones que navegar, y el estallido de la espuma que es la primera sílaba de la boca que canta, de la boca que habla y se contiene para callar. En ese lapso que prepara el silencio nace el poema. Urgente como todo lo que queda por decir, se apresura y remonta, y traza rápido su enigma, su claridad y su sosiego, acosado por la marea.
(1985)     

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