jueves, 31 de enero de 2013

Plagios


Carlos Yusti

Si uno hubiese tenido talento quizá habría comenzado en esto de la literatura como poeta maldito. O sea un geniecillo precoz con la navaja de la metáfora nueva dispuesto a acuchillarlo todo. No obstante uno va a la literatura sin saber bien en que embrollo se mete y sin sopesar la falta de preparación.   Cuando se empieza a escribir uno se asemeja a esos boxeadores sin piernas y ni cerebro.  Las razones para escribir, tan insondables como las razones para no escribir, te empujan de manera automática.  Como carecía de talento y lectura comencé como plagiario.  Además los Rimbaud se dan en la vida de manera esporádica. Escribir una obra literaria paradigma a los 21 años, enamorarse de otro poeta, sentar a la belleza en las rodillas e injuriarla y luego irse a comerciar con armas y esclavos en Abisinia no era mi ideal.  Tenía para ese entonces 14 años y leía mucho a Quiroga.  Quería escribir cuentos
abismales.  Rescribía con pulcritud en un cuaderno escolar los cuentos de Quiroga.   Inventaba nuevas tramas, renombraba a los personajes pero todo aquello era Quiroga puro.  Me fusilaba, como se dice en el argot, las atmósferas, la estructura y el tono lúgubre.  Hacía mis pastiches como lo hace Paulo Coelho con los cuentos tradicionales chinos o árabes.
Estos primeros amagos narrativos me ayudaron a considerar la escritura como una actividad rigurosa que requiere sensibilidad, cultura y pleno ejercicio de la creatividad.  También me permitieron ejercitarme en la construcción de la frase y los párrafos.  Los cuentos escritos en el cuaderno fueron a parar a la basura. Decidí emprender el vuelo en solitario.  Lo primero fue leer mucho para aprender el oficio.  Barnizarme la piel con teatro,  museos y buena música.  Conocer a otros escritores.   Sustituir la falta de talento con erudición y cosa,  aunque en mis escritos se escapa más la cosa que la erudición, para al final  asumir la literatura con desparpajo y con un mínimo de honestidad.
El plagio más que un acto de viveza/vileza es un acto deshonesto.   En nuestro país se ha dado más deshonestidad en la política que en las letras.  Las razones: la política es un negocio y la literatura un cabroneo dominical.   O sea un spining, una bicicleta fija que no te lleva a ninguna parte y que muchas ni te sirve para pagar el alquiler.  A pesar de ello hemos tenidos rumores de plagios y algunos casos comprobados.  Siempre ha existido el runrún sobre el supuesto plagio cometido por Rafael Cadenas y su poema “Derrota”, que tiene el mismo tono que el poema “Tabaquería” de Fernando Pessoa.   Al actor, periodista y profesor universitario Javier Vidal se le acusó de plagio.   Su libro sobre el perfomance incorporó párrafos completos de otro libro escrito por un autor inglés. 
Milton Averi (1885-1965) Norteamericano
En España escribir es un negocio redondo.  Actores, actrices y todo bichito de uña de la farándula quieren escribir su libro y ganarse alguna pasta. Como sólo son figurones mediáticos, sin una pizca de tinta en sus venas, recurren a los negros.  Para el diccionario negro es aquella persona que trabaja, tras el cortinaje del anonimato, para lucro y éxito de otra, especialmente en trabajos literarios.  Aunque con los negros nunca se sabe. Muchas veces sacan su negritud vengativa y como la paga es poca se van de la lengua o hacen el trabajo literario dejando muchas machas y huellas. Como le sucedió a una famosa presentadora de la televisión española cuya novela “Sabor a hiel”, con varias ediciones agotadas, copiaba extensos párrafos de las novelas “Álbum de familia” de Danielle Steel y de “Mujeres de ojos grandes” escrita por Ángeles Mastreta.   La editorial sacó la novela de circulación y procedió a corregir los “errores” ya que el negocio, a pesar del negro aguafiestas, es lo que importa.   La ética literaria es para la literatura en mayúscula y nada tiene que ver con las noveletas rosas o los éxitos de venta.
Dos casos gordos de plagios son los de Camilo José Cela y Luis Racionero. El primero premio Nóbel y el segundo reconocido ensayista con más de veinte libros publicados y actual director de la Biblioteca Nacional.   De Luis Racionero, erudito y excelente escritor, sorprende su caradurismo. Se argumenta que el libro “Atenas de Pericles”  tiene párrafos completos y exactos de un libro de Gilbert Murray.  No sin razón Daniel Gavela escribe: “No es que no reconozca el fusilamiento del texto de Gilbert Murray incluido en El legado de Grecia, sino que, en un abuso ventajista, se saca un palabreo justificativo: lo mío no es plagio, es 'intertextualidad', dijo Racionero cuando le preguntaron. ¿Inter qué? Amigo mío, queda usted detenido: un intelectual no puede jugar con las palabras en vano. Es como si a un boxeador se le permitiera ir repartiendo crochets por la vida por un quítame allá esas pajas. No sólo trata de justificarse, sino que inquiere al periodista: '¿Me va usted a denunciar? Me da un poco de risa que me llame ahora a los ocho años de que saliera el libro'. Es como si un delincuente recriminara al policía que le va a detener el tiempo que ha tardado en hacerlo”. Ese descaro es más propio de un político que de un escritor. Esto da pie para enterarnos que esa figura romántica de los escritores es pura paja y que como dice Vicente Molina Foix,  “nuestros novelistas preferidos, o nuestro dramaturgo carismático, no son ni más insobornables ni menos erróneos que el alcalde de la localidad o el juez territorial”.  Lo dicho la vida del escritor, fuera de sus libros, es un fiasco. Los escritores no son seres especiales, ni nada parecido. Muchos son perezosos, mala gente, avinagrados, escurridizos, soplones, cobardes y pare de contar.   Son tipejos sin cualidades excepcionales, tan cercados de prejuicios y malas pasiones como cualquier hijo de vecina.  Una buena porción de ellos está en la literatura por la calderilla y el mariposeo social, otros viven el oficio con el alma en vilo y los hay que se dejan ir por el margen del oficio procurando no convertirse en una calle, o en materia obligada de estudio; los hay que van a las palabras tratando de encontrar la metáfora exacta que los redima.  Hay otros, como dice Umnbral, para los cuales el negro es el estilo.
Janos Thorma. (1870-1937) El Prado
Esos escritores tocados por la fama y el éxito del mercado del libro no me caen del todo bien. Tengo una atracción fatal por los perdedores de la pluma, por esos reventados de la escritura. Mi modelo de escritor exitoso no es Paulo Coelho (que se fusila todas las literaturas orientales y ahí lo tenemos con una obra construida a fuerza de lugares comunes y bisutería orientalista), sino Balzac que escribió copiosamente y fue un eterno perseguido de acreedores y deudas. Otro escritor de éxito sería Sade que a pesar de toda las censuras trató de escribir una obra.  O sea que yo entiendo el éxito de manera torcida y por esa razón me identifico mucho con Rafael Bolívar Coronado que no plagiaba, sino que utilizaba los nombres de otros escritores con más fama en la república de las letras, según sus propias palabras, y así poder quitarle las telarañas a las muelas. Se le han contabilizado 6OO nombres diferentes. Escribía 15 artículos distintos en un día sobre diversos temas, hizo antologías de poetas, todos inventados por él.  Un sinvergüenza como Coronado, autor de la letra del Alma Llanera, es el mejor ejemplo a seguir: la literatura como una picaresca luminosa y creativa. El plagio es el lado oscuro del oficio. Quien se apropia de un libro ajeno para hacerlo pasar como suyo es capaz de cometer cualquier estupidez, incluso de ser electo presidente, con perdón de Rómulo Gallegos.

2 comentarios:

  1. ¡¡genial!!estoy de acuerdo...Norma Estuard-(aprendíz de escritora)

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  2. Soy un escritor que no ha escrito ¿Qué hago?

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